Repetía la frase con frecuencia y cada cual le daba el significado que quería, pero ninguno de los 20 primos que nos reuníamos en casa del abuelo Idelfonso en Navidad tenía idea de lo que eran castañas al fuego.
Simple, en mi tierra natal no hay castañas ni tampoco el crudo invierno europeo al que estaba acostumbrado mi abuelo español. Así que la primera vez que vi una castaña fue en el Viejo Continente, pero la verdad, su aspecto no me sedujo.
Al final sucumbí a la tentación en una de mis primeras visitas a París. Era Navidad, acababa de aterrizar en la Ciudad Luz -todo machucado después de un vuelo de 16 horas desde Hanoi con escala en Bangkok-, y la frase “Joyeux Noel” se veía por doquier.

Entonces la moneda era el franco francés y los vendedores por lo general extranjeros, probablemente de origen asiático y también africanos. Las castañas al fuego en rústicas hogueras con carbón, montadas en carros de supermercados y el envase, un pedazo de papel enrollado.
Nada ha cambiado. Uno disfruta de las chispas del carbón, del movimiento de las manos de los vendedores y de cómo colocan las castañas muy calientes en el envase de papel, que puede ser hasta de periódicos.
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