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Archivar como 28 diciembre 2010

Champs Elysees


Repetía la frase con frecuencia y cada cual le daba el significado que quería, pero ninguno de los 20 primos que nos reuníamos en casa del abuelo Idelfonso en Navidad tenía idea de lo que eran castañas al fuego.

Simple, en mi tierra natal no hay castañas ni tampoco el crudo invierno europeo al que estaba acostumbrado mi abuelo español. Así que la primera vez que vi una castaña fue en el Viejo Continente, pero la verdad, su aspecto no me sedujo.

Al final sucumbí a la tentación en una de mis primeras visitas a París. Era Navidad, acababa de aterrizar en la Ciudad Luz -todo machucado después de un vuelo de 16 horas desde Hanoi con escala en Bangkok-, y la frase “Joyeux Noel” se veía por doquier.

Entonces la moneda era el franco francés y los vendedores por lo general extranjeros, probablemente de origen asiático y también africanos. Las castañas al fuego en rústicas hogueras con carbón, montadas en carros de supermercados y el envase, un pedazo de papel enrollado.

Nada ha cambiado. Uno disfruta de las chispas del carbón, del movimiento de las manos de los vendedores y de cómo colocan las castañas muy calientes en el envase de papel, que puede ser hasta de periódicos.
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Cuarteto de la Paz


Camino a la rue des Grands-Augustins, a unos 300 metros del boulevard de Saint Michel en pleno Quartier Latin (Barrio Latino), la caprichosa nieve que acariciaba a París y el frío glacial pretendían atemperar un objetivo supremo.

La idea era llegar a esta pintoresca y curiosa calle de la Ciudad Luz en virtud de sus capítulos trascendentales de la historia. En especial el número 7, donde se ubica el Grenier des Augustins, un caserón que conserva su auténtica buhardilla con la impronta de Pablo Picasso.

Picasso es inconmensurable en Francia, reflexioné emocionado. Entonces me interrumpieron Jean Pierre y Alain para invitarme a un excelente vino… sudafricano por cierto, a propósito del recital que veríamos más tarde.

Con tanto frío, cae muy bien el vino y este sudafricano (Grand Vin de Glenelly) es ideal, repitieron casi a coro Jean Pierre y Alain en la mansión del Grenier des Grands-Augustins.

Me sentía deslumbrado y di poca importancia a los sorbos de la bebida, aunque en verdad recuperé el calor en el cuerpo.
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Copas de vino


Se eleva la copa con prestancia, tomada en su extremo inferior, para luego seguir todo el ritual con el donaire de los expertos. Si acaso siente miradas inquisidoras sobre el rostro, haga como que reflexiona y cierre los ojos.

Nadie podrá decir que simplemente no sabe de vinos, que a fin de cuentas es un farsante simpático con intenciones de impresionar a cierto auditorio.

Vinos, cognac y champañas son tres de los símbolos más emblemáticos en las costumbres francesas y no ser un conocedor, al menos en líneas generales, es un pecado.

Siempre hay excepciones. Franck, un amigo francés, reniega siempre de los vinos nacionales y en cada intercambio social, su propuesta apunta a bebidas de Argentina, Chile, Sudáfrica y Australia.

Su cuñado ya me advirtió varias veces: no le hagas caso, no sabe nada de vinos. Guíate por el paladar y verás como llegas a buen destino con los nuestros.
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Claves, códigos o “passwords”, como mejor le guste decirlo. Hasta el delicado “mot de passe” del idioma francés. El tema es muy sencillo: la invasión cibernética hizo de nuestras vidas signos, números y combinaciones, todas por supuesto, secretas.

Y login o ID, por añadidura.

Al principio uno hasta llega a sentirse importante. Se antoja la complicidad con lo invisible. Similar sensación ofrecen las tarjetas, plásticas, bonitas, bien diseñadas y prácticas. Antes, ser poseedor de una tarjeta de crédito era como un premio o distinción.

Ahora las regalan. Si uno acepta todas las tarjetas plásticas que le ofrecen en grandes y pequeños almacenes, hipermercados, supermercados y hasta tiendas de apariencia más humilde, terminará con el closet repleto…de más cosas inservibles.

Les cuento mi experiencia, por si resulta interesante. Tengo en Francia apenas tres tarjetas bancarias de crédito, pero cada una con su clave propia. Para acceder a las cuentas por internet, requiero de tres códigos diferentes.
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