
Cuesta contener las lágrimas, quizá porque duele París o también por el pesar de un mundo que tanto prometía en el Nuevo Milenio y a ratos parece decidido a la autodestrucción.
No hay fórmulas mágicas y por supuesto, tampoco paliativos convincentes. Hasta hace unos años tenía conocidos que renegaban del Cambio Climático; las guerras eran cosas del Medio Oriente y Africa negra; y la pobreza un mal de algunos millones, dicho así con displicencia.
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