París era una fiesta: nuestra vida paranoica

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Cuesta contener las lágrimas, quizá porque duele París o también por el pesar de un mundo que tanto prometía en el Nuevo Milenio y a ratos parece decidido a la autodestrucción.

No hay fórmulas mágicas y por supuesto, tampoco paliativos convincentes. Hasta hace unos años tenía conocidos que renegaban del Cambio Climático; las guerras eran cosas del Medio Oriente y Africa negra; y la pobreza un mal de algunos millones, dicho así con displicencia.

Alguien se preguntaba en Facebook si era justo ponderar el drama de París del 13 de noviembre de 2015, con la matanza de 130 personas por el terrorismo yihadista, en detrimento de otras tragedias en Nigeria, Líbano, Malí, Túnez o Rusia.

La respuesta es simple: París es una de las ciudades más atractivas del mundo, con una mística cultural admirable y, sin entrar en detalles del aborrecido fatalismo geográfico, ciertamente posee encantos excepcionales.

Capaz de reinventarse cada día. La idea de caminar por la urbe, sentarse en sus espaciosos jardines, pasar las horas contemplando el Sena, la Torre Eiffel, el Louvre o en parques floridos, junto con un café o una copa en bares, brasseries y bistros, pertenece a la cadencia parisina.

Y de repente, todo el andamiaje elíptico queda hecho trizas en unas horas. El Stade de France, Le Bataclán, Le Petit Cambodge, Le Carillón y Le Belle Equipe trasgredidos a golpe de balazos, sin importar si las víctimas disfrutaban simplemente de un rato de esparcimiento.
PARIFETE
Dentro de las modas súbitas del París actual está comprar el libro A Moveable Feast (en francés Paris est une féte y en español París era una fiesta), la recopilación póstuma de apuntes de Ernest Hemigway, que constituye una joya de la literatura.

Se agota en las librerías y la gente no deja de solicitarlo, como aferrándose a la idea de que la Ciudad Luz todavía resplandece y recobrará su brillo en un futuro no muy lejano.

Curiosamente, París es escenario de la Cumbre de Cambio Climático Cop 21, la gran esperanza de un salto cualitativo en la protección de nuestro planeta por el bien de la humanidad.

Las guerras en Iraq, las agresiones contra los palestinos, la pobreza extrema en el continente más rico del universo, Africa. La avaricia por el petróleo, la dicotomía de producción y consumo, y mientras tanto, como si fuera en otra galaxia, personajes que compran islas y gastan decenas de millones de dólares en casas, yates, aviones privados y lujos excéntricos.

Entonces habría que suspirar o más bien respirar profundo, y encomendarse a la nostalgia que nos deja Céline Dion al interpretar Hymne à l’amour de Edith Piaff.

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8 comentarios en “París era una fiesta: nuestra vida paranoica

    • Es exactamente así. Nos cambiaron todo y ahora las personas normales no sabemos que vendrá, porque hay demasiadas cosas ocultas que hacen estallar los intereses y pagan los inocentes.

  1. Es tan largo el olvido, diría precisamente Neruda del que usted tanto escribe y empiezo así por el argumento terrible al que nos lleva la cotidianidad de dejar atrás lo terrible que ocurre en el mundo con el terrorismo. Son cosas que deberíamos tener presentes siempre.

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