
A primera vista, Antonio Paillafil es un chileno común, con ciertos rasgos indígenas. Ya distinguirlo como escultor mapuche es una suerte de acertijo y luego, creador de enormes Chemamull (Tótem), un privilegio.
Orgulloso de su cultura y sus ancestros, cuando habla de los Chemamull su rostro cobra brillo y desliza conceptos sobre la filosofía de la vida en el más allá. De hecho, es enfático al subrayar: para los mapuches no existe la muerte.
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