
París.- El primer impacto es negativo, el siguiente es descarnado y el final, repulsivo. Entonces Daniel Day-Lewis ha conseguido su propósito y justifica con creces el segundo Oscar de su carrera con There will be blood.
Es la encarnación más legítima de la metamorfosis de un actor, según la exigente crítica francesa. Tal vez con la virtud de ser uno de los pocos en el mundo capaz de meterse en la piel del personaje como si hubiese nacido con esas características.
Tiene dos íconos que se convirtieron en sus grandes desafíos, Robert de Niro y Marlon Brando.
Para Day-Lewis, De Niro fue en una vida anterior taxista de profesión, por la autenticidad de su papel en Taxi driver. Sigue convencido de que su colega estadounidense manejó un auto amarillo por las calles de Manhattan alguna vez.
Lo mismo para Marlon Brando. Por su interpretación en El baile de los malditos (The Young Lions, en inglés), hay una línea familiar que lleva a otro espacio de tiempo, en el cual Brando era un genuino exponente de la lengua de Goethe, con el cabello completamente rubio.
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