Soñar, París

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París.- Había decenas, quizás cientos de palomas, más cerca que de costumbre de las orillas del Sena, atraídas por los turistas repartidores de migajas. También llegaron gaviotas y golondrinas, mientras los acordeonistas seguían afanados en la idea de rescatar el París de la primera mitad del siglo XX.

El agotamiento de una de mis largas caminatas parisinas me hizo, curiosamente, tomar la pausa en el umbral de la Catedral de Notre de Dame. La vista terminaba de recrearse en el caudaloso río cuando de pronto, melodías diametralmente opuestas se cruzaban en el aire.


De un lado, cerca del edificio menos amistoso de la capital francesa –un eufemismo para calificar a la siempre tenebrosa Prefecture de Police-, una joven soprano, de hermosa voz y cabello rojizo, deleitaba a los transeúntes sin pedir nada a cambio.

A pocos metros, en pleno desafío de los lienzos góticos de Notre Dame y toda la mística de Víctor Hugo, con Quasimodo y Esmeralda, un grupo de música pop en el puente sobre el Sena, donde jóvenes skaters y con patines lineales hacían piruetas espectaculares.

-Saint Louis-

Justo detrás de la iglesia, el puente que separa la Ile de la Cité -donde se fundó Lutecia (París)- de la Ile de Saint Louis. Allí, además de la invitación sugerente al paraíso de los helados Berthillón, se da una friolera de manifestaciones artísticas.

Pont Saint Louis


Sobre el Sena, igualmente, el Pont Saint Louis, metálico, singular. En sus 67 metros de largo y 16 de ancho hay bicicleteros, acróbatas, magos, jazzistas, pintores, baladistas, imitadores de Stevie Wonder, payasos y declamadores.

Saint Louis, la Cité y la Ile des Cignes (de los cisnes) son los tres islotes que surcan a la antigua Lutecia. Saint Louis es el más singular, de solo 11 hectáreas de superficie, exclusivamente residencial.

Ocho calles estrechas, todas con sentido único y una iglesia que fue consagrada a Luis IX (1226-1270). Pululan tiendas de anticuarios y algunas “Epiceries” (bodegas de barrio). No llega el metro y apenas dos rutas de buses ingresan a la isla. Tampoco hay cines, teatros ni supermercados.

Allí vivió Camille Claudel, la desdichada amante de Auguste Rodin, que terminó demente y en el olvido. Por fin hace unos años recibió su bautismo de reconocimientos, en calidad de notable escultora que probablemente influyó bastante en la obra del maestro.

-Novedades-

Son las sorpresas de las emociones apacibles, en una ciudad nacida para reinventarse toda la vida (que no se acaba nunca, diría Hemingway), donde en espacios reducidos o amplios, da lo mismo, brilla la naturaleza de la cultura, el arte y la historia.

Resaltan los detalles. Candados como prueba de amor, una idea que tiene decenas de años, tal vez siglos, surgida en el Pont des Arts, que se conecta con el Instituto de Francia y próximo al Museo del Louvre.

Los quitaron y no sólo reaparecieron por miles, sino que se multiplicaron en otros puentes de rejillas metálicas. Un hechizo que seguramente encantaría a la Maga de Cortázar y, sin dudas, al genio atribulado de Woody Allen.

En mayo de 2011 la exposición Leviatán de la serie Monumenta en el Grand Palais recordaba la impronta innovadora de París, para marcar pautas. Obra extraordinaria del escultor británico-indio Anish Kapoor, con una altura de 35 metros y 120 de largo para hacer más creíble a este monstruo acuático de la mitología fenicia citado en la Biblia.

Leviatán


-Midnight in Paris-

Leviatán, una mole roja, oscura, calificada de experiencia sensorial y metafísica, para acentuar lo insignificantes que podemos ser. A la salida, enfrente, el también bellísimo Petit Palais, antes de tomar rumbo hacia el Puente Alexandre III al estilo de Gil, el alter ego de Allen en la piel de Owen Wilson.

De día, con sol y cielo despejado, ofrece una perspectiva de la urbe abarcadora. Para ser justos con Midnight in Paris de Allen, bajo la lluvia y al lado de la tierna rubia Léa Seydoux, el Alexandre III posee otros encantos.

Alexandre III


De fantasías, nostalgias e introspecciones. Algunos se la pasan choqueados por falta de dinero; otros prefieren jugar a la máquina del tiempo, a un pasado que pudo ser increíblemente creativo e interesante, aunque no necesariamente mejor.

Woody Allen nos permite el placer de visualizar en carne y hueso a Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Gertrude Stein, Salvador Dalí, Henri Matisse, Cole Porter, Luis Buñuel, Man Ray, Jean Cocteau, T. S. Elliot (…), hasta irse más atrás y presentarnos a Lautrec, Degas, Gauguin y la insuperable Josephine Baker.

Las crisis existenciales, la creatividad, la pareja y la vida en general, con el tono de una comedia romántica que se guarda bien de caer en las trampas melosas de Vicky Cristina Barcelona, y se coloca a la altura de La Rosa Púrpura de El Cairo.

De los actores, además de Wilson (Gil) la aureola seductora de Marion Cotillard (Adriana) deslumbra; un buen descubrimiento con Corey Stoll (Hemingway) y el vuelo original de Brody (Dalí). Claro que obviar a Kathy Bates (Stein) o a la voluptuosidad de Rachel McAdams (Inez) no estaría bien.

Ingresar al corazón de Montmartre, incluso en un desdibujado Moulin Rouge –nunca será lo mismo sin Nicole Kidman-, o dentro del glamour del Maxim´s, que ahora Pierre Cardín quiere vender por la bagatela de 1,000 millones de euros (…) nos permite soñar París.

Antes de llegar a la “Butte”, la cima de Montmartre, es difícil hacer la escalada sin recordar a Audrey Tautou en El fabuloso destino de Amélie Poulin. Impensable no detenerse al menos un minuto ante los artistas populares.

Están los titiriteros, las estatuas humanas, cantantes y malabaristas sensacionales, con acrobacias a partir de un balón de fútbol. Arriba, Sacré Coeur (Sagrado Corazón), con una vista privilegiada de París.

Entre tienditas y aromas de crépes, baguettes y dulces, la sensación de sentirse perseguido por Edith Piaf se acentúa, hasta dar el agradable recorrido por la Place de Tertre, donde los pintores no han dejado de crear desde hace más de un siglo.

-Impresionistas-

En tardes de verano, se hace muy recomendable el paseo de la saga de los impresionistas, a 20 minutos de la capital francesa. Sin publicidad ni letreros ampulosos, surge un anillo imaginario que enlaza a Chatou, Port Marly y Louveciennes.

Le Hameau Fournaise (el pueblito), al lado del Sena, recuerda la tradición de regatas de canoas y, muy especialmente, el cuadro de Pierre Auguste Renoir, Déjeuner des Canotiers (Almuerzo de los remeros).

Fue pintado en la terraza del restaurant la Maison Fournaise en 1881, que en la actualidad mantiene la tradición culinaria con un museo a su lado para remarcar los pasajes de otros artistas como Monet, André Derain y Maupassant.

En la colina de Port Marly está el Chateau de Monte-Cristo, de inspiración renacentista, construido por el deseo de Alexandre Dumas (Los tres mosqueteros) para rendir homenaje a una de sus más famosas novelas, Enfrente aparece un pabellón que fuera su lugar de trabajo, con el nombre de Castillo de If.

Sin embargo, existe un verdadero Cháteau de If, levantado en el siglo XVI en la bahía de Marsella sobre el archipiélago Frioul, que inspiró a Dumas en El Conde de Monte-Cristo.

Finalmente en Louveciennes, donde igualmente se fascinaron Renoir, Monet, Pissaro y Sisley, hay una ruta de castillos, el más célebre ofrecido en 1769 por Luis XV a su favorita Madame du Barry.

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12 comentarios en “Soñar, París

  1. La basílica de Sacre Coeur es de lo mejor que ver en Paris. Me encantan las vistas que hay desde allí y tengo un montón de fotos desde abajo de las escaleras y el funicular. Lo único malo es el vigilante que hay dentro que no hace más que dar gritos porque no se pueden hacer fotos sin darse cuenta que lo que realmente molesta es él y no las fotos.

    • Tiene razón. Los vigilantes de Sacre Coeur son realmente insoportables. Pero sí, la vista de la ciudad es preciosa y todo la gama de espectáculos en la escalinata son muy agradables.

    • Menos mal que reparo en tu figura, aunque eso es un eufemismo porque la querida Eyleen no deja de hacerlo. Gracias mil por tu comentario. Y la mejor de las suertes en tu nueva misión de acompañar al beisbol. Abrazos.

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