París y la Torre Eiffel

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Siempre tendremos París, le decía con su voz rasgada Humphrey Bogart a la belleza atemperada de Ingrid Bergman en Casablanca. Desde entonces y tal vez mucho antes, la célebre frase parece perseguirnos como hechizo inimitable para el amor.

Es como admitir que sólo la pasión y el amor entrelazan sus manos en la Ciudad Luz. Aunque Hemingway lo acentuaba al escribir que “París siempre valía la pena y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba (…)”, nada más lacónico que la frase de Rick a Ilsa.

Se bajan nubes y puede creerse. Fortuna, privilegio o destino, no lo sé bien, pero he vuelto una y otra vez a la Torre Eiffel, a la que en ocasiones dedico apenas una mirada de soslayo en estos años de estancia en la capital de Francia.

Lista para todos los homenajes de cada año en razón del aniversario de la Toma de la Bastilla, la Torre Eiffel volvió a engalanarse con fuegos artificiales al compás de la música para celebrar 40 años del espacio de la Francofonía el 14 de julio de 2010.

Esta vez la Grande Dame de París no bailó ni saltó con efectos especiales como en 2009 cuando cumplía 120 años de fundada, pero al cierre del Día Nacional de Francia reunió a más de medio millón de personas en Los Campos de Marte para apreciar el espectáculo.

Vendría la voz inconfundible de Charles Aznavour para animar el ritmo primero cadencioso de los fuegos de artificio y más adelante intenso en relación con melodías de origen africano, caribeño, asiático y árabe.

Se sucedieron las ovaciones en medio de la habitual comunión de nacionalidades al pie de la Dama de Hierro de la Ciudad Luz, el monumento más visitado del mundo con más de siete millones de personas por año.

Un día después me vi obligado a ir al centro de París. Cerca de Notre Dame, donde el Jorobado de Víctor Hugo defendió con su vida a la gitana Esmeralda, no pude resistirme a la tentación de tocar con mis pies el kilómetro cero de la urbe.

Es una pequeña circunferencia con una chapa dorada la cual pasa inadvertida con frecuencia. La costumbre es posarse sobre ella, dar giros o brincar, con lo cual, supuestamente, se asegura el regreso a la ciudad de los románticos.

Pero ahora una pareja de enamorados de mediana edad y de nacionalidad inextricable, decidió darse un abrazo intenso y un beso apasionado. No fue para tomarse una foto, sino simplemente para marcar el momento.

Andaba solitario. Tomé nota de la idea que me pareció excelente.

Semanas antes tuve el placer de arrastrar a medianoche a unos amigos latinoamericanos hacia el Pont des Arts, uno de los puentes más curiosos del Sena. La historia es sencilla: las parejas colocaban candados y lanzaban sus llaves al agua como prueba eterna de amor.

Las autoridades de París retiraron los más de dos mil enganchados en las barandas del puente. Pero un día, sin mediar palabras, reaparecieron por decenas y ya hoy, son cientos.

Todo esto para retornar a la mole de hierro que subraya momentos especiales de la urbe.

Vilipendiada por artistas e intelectuales de la época, y todavía centro de la polémica de algunos parisinos puristas, la Torre Eiffel con sus 325 metros (incluida la prolongación de las antenas) es uno de los encantos parisinos.

Fue levantada bajo la dirección del ingeniero Gustave Eiffel en 1889 y debió mantenerse apenas dos años o estuvo a punto de construirse en Barcelona. Pero ni lo uno ni lo otro, con el paso del tiempo consolidó su aire simbólico.

Frente al Sena y la Plaza Trocadero, es tal vez el mayor objeto de los deseos de los turistas.

“Mirada, objeto, símbolo, la torre es todo lo que el hombre pone en ella y que todo es infinito”, resumía en una oportunidad el escritor y semiólogo francés Roland Barthes.

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5 comentarios en “París y la Torre Eiffel

    • cada comentario que me llega sirve para intentarlo nuevamente aunque ahora me tome un descanso temporal. mi agradecimiento sincero por los elogios.

  1. Nada, tienes el poder de atrapar los espacios con las palabras y enviarlos a los demás con el colorido y la precisión exactos, a través de lo que dices, los que te leemos podemos ver y sentir lo que tú ves y sientes, activas nuestros sentidos y hasta percibimos los olores y escuchamos el sonido del viento o las risas y palabras de los que están a tu alrededor.
    Y, una vez más, Paris, que enamora el alma. ¡Gracias!

    • París tiene la virtud de sorprender siempre. En ocasiones uno se ruboriza por el comportamiento medio infantil o de “turista de turno” que adopta en ciertos momentos. Luego, miras a tu alrededor y entiendes que esas actitudes son parte de la realidad parisina. Sólo hay que tener el privilegio de vivirlo. y en este caso, soy simplemente un privilegiado. Gracias.

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