Atenas eterna: los Juegos Olímpicos

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Atenas

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Desde la terraza de la habitación de mi hotel cada noche o más bien madrugada tenía el privilegio de contemplar la iluminada Acrópolis de Atenas. Quizás el mejor regalo para cualquier visitante o el merecido premio al desgaste que suponen unos Juegos Olímpicos.

Viví durante un mes en un sexto piso, a poca distancia del pintoresco barrio de Plaka, al cual se llega cruzando la avenida Amalias para luego ingresar en la calle Lyssicratous. Casas de postales, alegres tabernas y pequeñas plazas adornan el ambiente.

La experiencia más relevante tiene sabor deportivo. En Grecia fue donde empezó todo y aunque es ineludible hablar de la fascinante historia de este país, de sus bellezas y sin dudas, de la eterna Atenas, los Juegos Olímpicos del año 2004 merecen algunos comentarios.

Vale la pena referirse a la ceremonia inaugural, la cuarta que he presenciado en mi trayectoria periodística y la sexta en total, contando miradas furtivas y engañosas que permiten la televisión y las anécdotas de los amigos.

Sería un ejercicio inútil intentar calificativos rotundos para las aperturas de Moscú-80, Barcelona-92, Atlanta-96, Sydney-2000, Atenas-2004 y Beijing-2008. Cada una desarrolló la impronta del país en cuestión, hizo derroches tecnológicos según los adelantos de la época y logró el impacto visual deseado.

Dejo a los demás las evaluaciones pertinentes y me detengo en la urbe helénica, levantada entre los montes Hymeltós y Agraelós, construida sobre el peñasco de la Acrópolis a una altura de 150 metros, cuna de la civilización occidental.

El monumental Estadio Olímpico, distante en dimensiones y bondades constructivas inimaginables en los I Juegos de la Era Moderna en 1896, no se asemejaba a las excelencias exquisitas de los australianos en Sydney, ni a la arquitectura vanguardista de la cultura milenaria china en Beijing.

De la mitología a la lógica, el arte y la historia, los dioses, el latido del corazón, el amor, la luz de la creación y los protagonistas: atletas de 202 países en la ceremonia de apertura de los XXVIII Juegos Olímpicos de Atenas.

Tampoco pretendo levantar un muro para avasallar a quienes no tuvieron el placer de encontrarse el 13 de agosto de 2004 en el sitio más promocionado del mundo en la noche ateniense, el día o la tarde en otras latitudes.

Una gala llena de alegorías y toques deportivos especiales que hicieron justicia a la que debió ser la sede de la cita olímpica en su centenario, en 1996, pero entonces pudo más la coca-cola y el poder del dinero de Atlanta.

El libro de la vida en el final de Clepsydra, el sueño resumido en los pasajes de mosaicos, frescos, esculturas y pinturas de la Grecia prehistórica a la moderna, escenificados por seres humanos.
Un árbol de oliva que nace del vientre de una mujer, la voz sobrecogedora de la Diva, la única e inolvidable soprano del mundo, María Callas. No podía faltar.

Desaparece el agua donde un niño navega en barco, como Ulises cuando retorna al Pireo. El increíble embalse donde con fuego quedaron plasmados los cinco anillos olímpicos se ha congelado, más bien en parálisis temporal para contemplar el desfile de los deportistas.

Siglo XXI. La música que acompaña a los atletas tiene nombre: Tiesto, un famoso DJ. Los políticos en su tribuna, el público que respalda con fervor el paso de las delegaciones de Afganistán, Chipre e Iraq. El símbolo de las dos Coreas como una sola nación.

Llega desconocida, con un gigantesco vestido, la cantante islandesa Bjork, célebre por su actuación en la película Bailando en la oscuridad. Interpreta Oceanía, dedicada a los atletas que son cubiertos con una enorme tela con la imagen del globo terráqueo.

Repaso por los 108 años de las Olimpiadas de la era moderna, composiciones de Mikis Theodorakis y prestigiosos autores helénicos.
Atenas 2004, 70 mil espectadores en el Estadio Olímpico, cerca de cuatro mil millones de televidentes en todo el universo.
Zeus, Apolo, Poseidón, Pegaso o el invencible Hércules protagonizaron un desfile espectacular.

Todos ellos en el umbral de una nueva época donde el hombre cobraba cada vez más importancia. La guerra de Troya y la figura de Alejandro Magno condujeron al desfile hasta la era moderna y hasta 1871 en donde se recordaba la independencia obtenida por Grecia.

El homenaje al Olivo, una rama del mismo premiaba a los primeros vencedores olímpicos, árbol santo durante muchos años en los países mediterráneos y símbolo de la ciudad.
La bandera olímpica, los juramentos, el largo recorrido de la antorcha y un espectáculo cada vez más sofisticado y novedoso, que más adelante China desbordaría con el acento de la cultura oriental.

RETRATO HELENICO
Reinó en las artes, la filosofía, la ciencia, la literatura y el teatro, a diferencia de su rival de siempre entre los estados griegos, la militarista Esparta, hasta que el general romano Sila saqueó la ciudad en el año 86 antes de Cristo.

La mayor parte de las extraordinarias obras arquitectónicas de la Acrópolis fueron construidas durante la Edad de Oro del siglo V a.c, bajo la dirección política de Pericles. Fueron tantos sus aportes que la centuria helénica se conoce también con su nombre.

El Partenón (447-438 a.n.e), los Propóleos (437-432 a.n.e), el Templo de Atenea y Niké (427-424 a.n.e), el Erecteión (395), el Teatro de Dionisios (siglos VI y V) y los templos de Teseo y el Olímpico (550-510).

Del Erecteión vale la pena detenerse unos minutos. Obra mayor atribuida al arquitecto Filocles, deja ver en su cara sur la famosa tribuna de las Cariátides, que indicaba la tumba del rey Cécrope. Hay una réplica casi perfecta en el Museo del Louvre de París.

Pero nada como la realidad in situ. La plataforma de las Cariátides consta de seis columnas con figuras de mujer de 2,3 metros de altura que sostienen el denominado entablamento, es decir tres secciones compuestas por alquitrabe, friso y cornisa.

La trayectoria histórica y cultural de 6,000 años que rezuma la urbe de Sócrates, Platón y Aristóteles es francamente asombrosa. Atenas, guardiana y protectora del mayor patrimonio existente en la época de las civilizaciones, cuna del olimpismo.

Ciudad de Teseo, ciudad de Adriano. Dividida por una lápida caprichosa colocada por el emperador Adriano para distinguir la parte romana de la antigua.

De su nombre hay numerosas hipótesis aunque la más socorrida se refiere a la leyenda del enfrentamiento entre Atenea y Poseidón por la protección de la ciudad y su nombre. Poseidón creó un manantial de agua salada, y Atenea les enseñó varias cosas.

Otra reseña dice que Poseidón ofreció a la población el agua, mientras que Atenea entrega el olivo. En cualquier caso, la diosa conquistó el favor de los habitantes del enclave fundado por los jonios para su nombre actual.

La leyenda, sin embargo, atribuye a Teseo, el rey que venció al Minotauro de Creta, el nacimiento de la capital griega en el siglo VIII a.C.

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