La Plus Belle…de París

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París.- Ironías. María Antonieta frecuentaba el Hotel Crillón en el siglo XVIII. A pocos metros de la instalación, en la Plaza de la Concorde, donde empiezan o terminan Los Campos Eliseos, sería guillotinada el 16 de octubre de 1793.

Una elegante dama estrena sus diseños personales en sus paseos de cada atardecer, dos vendedores furtivos viven en permanente zozobra, historias de policías mientras dos emporios arquitectónicos flanquean la majestuosa avenida.

Son los Campos Elíseos, Le Champs Elysée, La plus belle , como le dicen los franceses, con cerca de dos kilómetros que se conectan armoniosamente entre frondosas arboledas que cada Navidad portan un millón de bombillas, ecológicas y ahorradoras.

En la parte más baja, la Plaza de la Concordia, donde fueron ejecutados Maria Antonieta y Luis XVI durante la Revolución Francesa . Bautizada luego con ese nombre para olvidar el pasado sangriento.

Para privilegios, cuenta con su obelisco egipcio, intacto en sus más de cuatro mil años de existencia y una friolera de anécdotas que varían según las versiones de los historiadores.

Gusta mucho el capítulo de la emperatríz Josefina cuando  le dijo a Napoleón antes de partir hacia la conquista de Egipto en 1798: Si vas a Tebas, enviadme un pequeño obelisco.

De cualquier forma, el obelisco de Ramsés II vino a París envuelto en una ola de enigmas. Y desde ahí, arrancan o terminan los Campos Elíseos, en la altura de una enorme rueda o estrella luminosa que también se instala hacie fines de año para permitir a la vista posarse en el lejano Arco de Triunfo.

Concorde


También, a sus espaldas, el Arco del Carrousel del Louvre. Si el tiempo lo permite, vale la pena llegar hasta los umbrales de las Pirámides de cristal del Museo del Louvre. Desde allí se puede contemplar a la perfección en un día despejado el Eje de París.

Se ensartan armoniosamente el Arco del Carrousel, el obelisco de la Concordia, el Arco de Triunfo y bastante más lejos, el moderno Arco de la Defensa.

Alguna vez en el pasado, para ser más exactos en el invierno de 1992, unas espectaculares gordas y gordos de bronce rezumaban creatividad provocadora en el camino.

Antes de llegar a la catedral del poder en Francia, el Palacio del Elíseo, ya el sobrepeso dejaba en los transeúntes una sonrisa de satisfacción. Era el sello indiscutible del pintor y escultor colombiano Fernando Botero.

Poca gente sabe que el Palacio del Elíseo está muy cerca de la Plus Belle. No es la Casa Blanca, naturalmente, pero tiene otro problema que le impide visibilidad: pese a su tamaño y áreas verdes que lo circundan, se resiente del poco espacio en sus alrededores.

Es bastante difícil verlo a distancia. Sólo algunas referencias permiten ubicarlo. Por ejemplo el reputado y elitista Hotel Crillón, diseñado por el arquitecto Louis-Francois Trouard en 1758. Allí tomaba clases de piano Maria Antonieta.

Pero no es ésta una crónica para Wikipedia, aunque la afamada enciclopedia sirva siempre de referente. Hablamos de París al cierre del 2007 y con muy especial acento de una radiografía intimista de Los Campos Elíseos.

Atrás parques y explanadas, en pleno corazón del comercio, aparece un “Papa Noel”, de rojo y blanco, tintineando una campana y haciendo extrañas piruetas. Se llama Luc, desempleado, “sin suerte, con muy poca plata y mucha familia que sostener”.

Se rehúsa al diálogo abierto porque no desea que su historia alimente lástima. Dos jóvenes oficiales de policía lo saludan al pasar por su lado. “Es permanente en la época, lo conocemos hace dos años, se porta bien y sólo busca unas monedas”, afirman.

Los agentes del orden tampoco son muy dados a la conversación. “Puede estar seguro que es una de las avenidas mejor vigiladas del mundo”, se limitan a decir.

ELYSION En la mitología griega los Elysion (Le Champs Elysée) eran una sección subterránea sagrada de los Infiernos.

Ante más de 300 tiendas y boutiques, restaurantes de todos los precios (pero siempre caros), a hurtadillas y de manera fugaz, se pueden comprar artesanías de la Torre Eiffel y el Arco de Triunfo. Para eso están Rafael y Siviparoum, peruano el primero y tailandés el otro.

La policía no nos permite andar por aquí, pero es una zona donde encuentras los mejores clientes en París, dicen casi al unísono, ambos con un accidentado francés, bueno en el idioma de los negocios.

Sin embargo, a ninguno de los dos les va bien. Son inmigrantes, posiblemente indocumentados, que contrastan con la elegancia de la avenida.

De gente de élite, Isabelle es uno de sus personajes más coloridos. Una vieja dama que reside hace más de 30 años a un costado de Los Campos Elíseos y dedica las mejores tardes de su vida a pasear con sus colecciones personales.

Para recordar con más precisión a Chéjov, tiene un perrito.

“Hace tiempo que dejé de trabajar para el mercado. Me basta ahora con disfrutar haciéndome ropa, dar una vuelta y tomarme un café o cenar en medio de esa alegría del barrio”, cuenta con brillo en los ojos.

Otro solitario de la zona es Alberto, septuagenario hispano-francés, algo cascarrabias, pero querido en los bares, donde casi todos los días se toma una “caña”, un vino y unas tapas (entrantes), aunque siempre repita: “pero nada como en España.

Las frías estadísticas indican que más de cinco millones de turistas visitan Los Campos Elíseos de París cada año, tercer sitio favorito de los viajeros después de la Torre Eiffel (ocho millones) y el Museo el Louvre (siete millones).

El enjambre de público de las más disímiles nacionalidades del mundo en esta oportunidad no hace, curiosamente, tan notorios a los japoneses y sus cámaras con flash. Se antojan desplazados en notable cantidad por los chinos.

Hay disímiles posibilidades, en verdad. Al andar es fácil escuchar un concierto idiomático impresionante y el español suena con fuerza latinoamericana y por supuesto castiza.

El gentío adora a la iluminada perfumería Sephora. Pocos compran. Todos salen de la tienda destilando olores.

Salas de cine, casas de venta de discos, libros, joyerías, hoteles con habitaciones de precio mínimo de 900 euros por noche y el emblemático cabaret Lido, donde la tarifa para el espectáculo supremo rebasa los 140 euros por persona.

Termina el sueño, la ilusión se esparce sin tocar a las almas necesitadas. Es quizá la plus belle avenue du monde (la más bella avenida del mundo) exenta de espacios a las mayorías, que no pueden ni acercarse a un lugar exclusivo, aunque de todos modos excepcional.

Debajo del Arco de Triunfo, cuyos orígenes se remontan a 1806 por idea de Napoleón Bonaparte, con 50 metros sobre nuestros hombros de esta mole de concreto, de nuevo la mirada se emociona por egoísta que sea.

No hay dudas, París.

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