De vinos, en concierto francés

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MUSEEVIN

Paris.- El camino del vino forma parte de la gran avenida de la historia de Francia, al estilo de otros países europeos como España e Italia. Sólo que sus laberintos son mucho más enrevesados de lo que se piensa.

En el momento de degustar el delicado champagne o una deliciosa copa de vino, tinto, blanco o rosado, el clásico brindis o simplemente la contemplación de la agradable bebida pudiera llevarnos a innumerables reflexiones.

Pocas veces pensamos en dos aspectos que más allá de la calidad de las uvas, los toneles y el almacenamiento, tienen bastante que ver con el rango del vino en cuestión: las botellas y los corchos.
CORCHOS

En la actualidad prevalece una gran polémica sobre el uso de un tapón natural o sintético. Los puristas –probablemente los verdaderos expertos- consideran una suerte de herejía la incursión de otros materiales que no sean el corcho para cerrar el envase.

Una idea inimaginable para Dom Pérignon, a quien consagraremos el espacio que merece más adelante. Lo cierto es que los defensores del tapón sintético desbarran del corcho al señalar que no puede eliminar el TCA, responsable del olor a moho.

Además, subrayan que de los árboles que se extrae el corcho pueden venir virus y otras enfermedades, peligro inexistente con los componentes sintéticos, metálicos o incluso silicona.

El proceso de almacenamiento del vino es casi una obra de orfebrería, como es tangible en las bodegas francesas, seguramente lo mismo que en España y otros emporios de tradición y prestigio. La curiosidad es que el tapón, de corcho, sintético o metálico tiene su relevancia.

Cortos para los vinos a consumir de inmediato o a mediano plazo, largos con miras a un prolongado añejamiento y luego, la más increíble variedad de formas y marcas que señalan el tipo de bebida y su proceso de fermentación.

Pero sin dudas para llegar hasta aquí tuvieron que surgir a lo largo del trayecto figuras como el monje benedictino, Dom Pierre Pérignon de Hautvillers, a quien se le atribuye la idea de utilizar botellas y corchos para los vinos a finales del siglo XVII.

Algo tan simple en nuestros días dio un vuelco a la historia de la deliciosa bebida.
Dom Perignon White Wine Mission hosted by Serge And Tatiana Sorokko with Menu by Richard Geoffroy
Empero es apenas un pequeño capítulo dentro de la colosal historia francesa que puso, por cierto, en el pináculo de las excelencias el nombre de Dom Pérignon como símbolo quizá del mejor champagne del mundo.

Los griegos o los celtas y también la notable influencia del Imperio Romano en la antigua Galia, son considerados las fuentes que delinearon los caminos de la viticultura francesa, hasta convertirse una suerte de obra de arte nacional.

El vino, cuya historia se remonta al viejo testamento cuando fue mencionado por primera vez por Noé, llegó a Europa a través de Egipto, Grecia y la propia España.

Una variedad de viña, Vitis vinifera, es el punto de partida de casi todo el vino que se bebe hoy en el mundo, y se cree que tuvo su origen en Transcaucasia (hoy Georgia y Armenia).

La evidencia más antigua del cultivo de Vitis vinifera se remonta al cuarto milenio a.C., en la antigua Mesopotamia (hoy Egipto y Siria), y un ánfora con una mancha de vino encontrada en Irán data del año 3500 a.C.

Merecería un estudio más profundo lleno de momentos fascinantes y hasta enigmáticos para que al final, alrededor de copas y tabernas consiguiéramos meditar un poco sobre la vida.

La regiones vitivinícolas más prestigiosas del mundo, son Burdeos, Borgoña, Alsacia y Beaujolais (Francia), Bilbao-Rioja (España), Ciudad del Cabo (Sudáfrica), Mendoza (Argentina), San Francisco-Napa Valley (EEUU), Oporto (Portugal), Mainz (Alemania) y Florencia (Italia). Recientemente fue incorporada la de Christchurch, en Nueva Zelanda.
COTES
Para los franceses el vino es uno de sus emblemas insignes y por tal razón ronda ahora en la sociedad nacional una inquietud de dimensiones comerciales. La competencia internacional arrecia y las ventas alcanzadas en el 2006 no superaron las expectativas.

Dos grandes degustaciones en los salones del Carrusel del Louvre y en la Puerta de Versalles en Paris, sirvieron un tanto para apreciar que todavía, pese a ciertos augurios pesimistas, el vino galo sigue encaramado en la cima de los elegidos.

IDENTIDAD VINICOLA

Con una población de más de 60 millones de habitantes en el área continental y una superficie de 675 mil 417 kilómetros cuadrados, Francia es desde hace siglos el concierto de la pasión por el vino.

En términos de calidad y producción, sus principales competidores son Italia, España, Argentina, Chile, Portugal, algunas variedades californianas de Estados Unidos, y Australia y Sudáfrica sumados a la contienda.
PETRUS
Francia fue gestora de la iniciativa de diseñar el titulo de appellation controlée, conocido también como appellations d´origine (denominación de orígen), una respuesta eficaz establecida en 1930 para enfrentar las lacras de adulteración, fraude y sobreproducción que pusieron en crisis la industria.

Hay dentro de todos los vinos franceses un nombre que al menos en el plano internacional es signo de calidad y prestigio: Bordeaux. Su bien ganada fama requiere de más detalles.

De Bordeaux, la región del mismo nombre (Burdeos), surgieron en sus comienzos los llamados Claret, por su textura pálida a la que se llegaba mezclando uvas rosadas y blancas.
Las distritos que rodeaban Bordeaux fueron llamados Chateaux embotellando los vinos bajo ese nombre. Se dividieron en cinco categorías, de las cuales por calidad saltan a la vista los Médoc, Graves y St. Emilion.

Para los especialistas, los Médoc son vinos tintos de cuerpo suave y sabor fuerte, los Graves sobresalen por ser blancos deliciosos, mientras que St. Emilion son denominados “los masculinos”, robustos y de color mas oscuro que los Médoc.

En el suroeste, cerca de Burdeos, sobresale otra gran zona productora de vinos, conocidas por sus viñedos de Bergerac y Cahors, que fueron atacados en el siglo XIX por el filoxera y ahora se recuperan sorprendentemente.

Luego vale la pena mencionar a Burgundy, a 140 kilómetros al sureste de París, donde se incluyen bebidas de exquisito nivel como los de Yonne, Cóte-D´Or, Saóne-et-Loire y Rhone.
ROMANE
A lo largo de 250 kilómetros desde el norte de Chablis al sur de la región de Mâcon, estásn los espléndidos vinos de Borgoña. Los Chablis, en la especialidad de Chardonnay de los blancos, y los Romanée Conti en tintos, tocan la cumbre de las más deliciosas bebidas del mundo.

En el área de Beaujolais en Lyon surgen los benjamines de la familia vinícola en Francia cada año. Es una suerte de fiesta a la cual todos quieren asistir. No sólo es un placer, sino un hábito de prestigio distinguir las novedades de la industria.

Desde el sur de Burgundy y hacia Avignon se producen vinos tintos gran sabor. Entre ellos destacan el Côte Rôtie, Hermitage y muy especialmente el Châteauneuf-du-Pape, considerado el más fuerte de Francia.

En la región del Valle de Loire, encuentran el mayor raigambre los vinos blancos, aunque tampoco se pueden olvidar a los “rosé”. Las marcas más reputadas corresponden a las de Muscadet, Anjou, Saumur, Vouvray, Touraine, Quincy, Reuilly, Sancerre y Pouilly.

De Alsacia es fácil distinguir a los Riesling, Traminer, Gewürztraminer, Sylvaner y Zwicker, que por razones históricas de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, muestran semejanza con los vinos producidos en Alemania a orillas del Rhin.

Pero resulta que también en la región de Corbiéres, con el río Aude que la separa de otro gran productor, Minervois, en el Languedoc-Rousillon están los Vignoble de las Corbiéres,  con Denominación de Origen (AOC) desde 1985. Allí en el departamento de los Pirineos Orientales se cosecha buenos rosados como el Chateau Hortala y Le Rosé-Domaine de la Combre Grande.
Margaux
Además, excelentes tintos de distintos acentos, como el cuerpo con olores a roble del Grand Millésime-Cháteau la Doméque, el agradable Cuvée Sextant-Cellier d´Orfée hecho a la medida de buenos quesos Camembert y las delicias para una cena del Cave de Castelmaure.

Por último no podía faltar un ligero repaso al espumoso por excelencia, el champagne, único en el mundo por más que existan disímiles imitaciones e intentos de convertir a los “cavas” en rivales de cuidado.

A Dom Pierre Perignon se le concede el honor de la paternidad del champagne, o champaña como usualmente se le llama en idioma español. Sus mezclas divinas con uvas de Chardonnay, Pinot Noir y Pinot Meunier, los convierten en “sui-géneris”.

La estrategia de los viticultores franceses se orienta desde hace unos años a aumentar las superficies de vinos finos en detrimento de los vinos de mesa.

Para obtener un gran vino es preciso conjugar armoniosamente cuatro factores: la variedad de cepa, el suelo, la pericia del viticultor y el clima, aunque este último sea aleatorio

Francia produce un promedio de 55 millones de hectolitros de vino al año con un rango de ventas en el orden de los cinco mil millones de dólares, parte de la cual (sobre el 29 por ciento) procede del champagne o champaña, como mejor guste decirlo.

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