Joyas de excepción: Sarah Bernhardt y Edith Piaf

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París.- Alguna vez me preguntaban el secreto para conocer las grandes historias del arte y la cultura de París. Entonces no tenía una respuesta fija. Hoy tampoco. Al final, creo que la clave es sencilla: andar la Ciudad Luz.

Así una tarde todavía invernal, el paseo por los espléndidos Jardines de Luxemburgo terminó indefectiblemente en la visita al museo, donde estuvo la exposición del orfebre René Lalique y sus “Joyas de excepción”.

Un capítulo lleva al otro. Las fotos de la actriz Sarah Bernhardt, deslumbran. Por la belleza de los trabajos que le dedicó Lalique y por su extraordinario atractivo físico.

El alto en el camino recuerda que estamos en una zona de ocho hectáreas que perteneció al duque de Luxemburgo, quien lo cede a María de Médicis, viuda el día después de ser coronada reina, tras el asesinato de su esposo Enrique IV.

Necesita de otro alojamiento para alejarse de las intrigas de la corte, ubicada en los pabellones del ahora Museo del Louvre, y entre 1615 y 1624 encarga al arquitecto Salomón de Brosse la construcción del Palacio en medio de los fastuosos jardines.

Obras de Rubens adornan la galería principal desde 1622, hasta que pasaron al propio Louvre luego de convertir el Palacio de Luxemburgo en sede del Senado de Francia en 1969.

Empero, el motivo que llama la inspiración es Sarah Bernhardt y en otro tránsito interesante por las calles de París, el destino es un cementerio, Pére Lachaise, donde están los restos de la actriz y el joyero Lalique.

Pére Lachaise no es cualquier campo santo. Allí reposan también Edith Giovanna Gassion (Edith Piaf), María Callas, Honoré de Balzac y Oscar Wilde, entre otros, y por supuesto, Henriette Rosine Bernard (Sarah Bernhardt).

ALMAS GEMELAS

Henriette Rosine Bernard nació el 23 de octubre de 1844 en París. Su madre era una judía de origen holandés llamada Julie Bernard, alias Youle. Se ganaba la vida como prostituta de categoría junto con su hermana, Rosine.

Pasó los primeros cuatro años de su vida en Bretaña, al cuidado de una mujer y por esa razón la primera lengua que aprendió fue el bretón. Al iniciar su carrera en el teatro decidió adoptar la forma bretona de su apellido. Sería desde ese momento Sarah Bernhardt.

Dicen los cuentos parisinos que Edith Piaf nació el 19 de diciembre de 1915 debajo de una farola frente al número 72 de la rue de Belleville en París, de padre acróbata, Louis Alphonse Gassion y madre italo-argelina, cantante ambulante, Annetta Maillard.

Si su progenitora no hubiese sido alcohólica y prostituta de ocasión, quizá por su fabulosa voz se hablaría más hoy en Francia de Annetta Maillard que de Edith Piaf, coinciden otros investigadores de la época.

Louis Lepplée, gerente de un cabaret de moda, es el descubridor de la futura ave parisina. Y le propone convertirla en La Móme Piaf (La chica gorrión), título de una reciente película que hizo llorar una vez más a Francia por su novia perdida.

Si bien Bernhardt y Piaf apenas coincidieron en sus vidas, sus trayectorias paralelas están signadas por la tragedia, la perseverancia, la entrega absoluta al arte y episodios amorosos marcados por la pasión y el drama.

Mujeres intensas en toda su actividad, extraordinarias en sus carreras.

Fracasada en los comienzos en los avatares de las tablas y obligada a venderse como cortesana de lujo hasta lograr su objetivo de triunfar con la actuación, Sarah Bernhardt no cejaría en sus empeños.

Estudió música y declamación en un conservatorio de París y al terminar su docencia, logró ingresar en la prestigiosa Comédie Francaise, con la ayuda del Duque de Morny, hermanastro de Napoleón III.

Una agitada vida amorosa con nombres famosos a su alrededor como los de Gustave Doré, Víctor Hugo, Gabriele D´Annunzio y Eduardo, Príncipe de Gales, entre otros.

Irreverente y consagrada, logró imponerse con un estilo de actuación que marcó pautas. Se basaba en la naturalidad. Detestaba profundamente las viejas normas del teatro francés donde los actores declamaban histriónicamente y hacían gestos sobreactuados.

Interpretó a los grandes. Moliére, Hugo, Racine, Shakespeare, Dumas hijo, Georges Sand, Lemaitre y Sardou, por sólo mencionar algunos.

Castaña de cabello oscuro y ojos azules, no tuvo una infancia feliz ni tampoco un matrimonio perecedero. Se casó una sola vez con un oficial griego adicto a la morfina, Jacques Aristidis Damala. Perdió una pierna en 1915, secuela de una fractura infantil.

Edith Piaf pudo quedar ciega a poco de haber nacido o morir de mil maneras en el anonimato. Pero estaba predestinada a la fama, al amor y la tragedia y, sobre todo, a quedar suspendida en el tiempo con una voz inimitable.

Pese a no poseer una gran belleza física, disfrutó cada romance de su vida de apenas 47 años. Pero hubo uno que la marcó profundamente, con el campeón mundial francés de boxeo Marcel Cerdan.

“Su seducción estaba basada en la autenticidad de su carácter, la intensidad con que vivía, su entrega, la devoción por la amistad. Ser tan genuina, tan única”, opinó la actriz Marion Cotillard, protagonista de la película La Móme.

Pocas veces disfrutó de estabilidad espiritual, y sin embargo, se mostraba siempre en cada entrevista como la persona más optimista del universo.

“He venido a este mundo a vivir plenamente. No pienso en la muerte, que llegará cuando sea el momento. Pero me acompañaré siempre de la alegría, del placer, del amor, de la vida”, repetía ya cuando su salud comenzaba a flaquear.

Una vez más, el drama sobrevino con el accidente de aviación en el cual falleció Marcel Cerdan, el más sentido de sus amores. Esa noche, en Nueva York, Edith Piaf salió a escena y cantó el Himno del amor, que había sido inspirado en Cerdan.

Enferma y aparentemente acercándose ya al umbral de la muerte, queda marcado otro momento emocionante de su biografía.

Se levanta en medio del dolor físico y reconoce a su pianista y compositor una canción que resume la esencia de Edith Giovanna Gassion: Non, Je ne regrette rien (No me arrepiento de nada).

Ironías de la fama, mucha gente reconoce a Edith Piaf por su memorable canción La Vie en Rose (La vida en rosa), nada más distante de la realidad que le tocó enfrentar.

Con una serie de conciertos en 1961, a petición de su amigo Bruno Coquatrix, logra salvar al emblemático teatro Olympia de Paris, que estaba a punto de la quiebra.

Sarah Bernhardt solía dormir en un ataúd fascinada por los temas fúnebres. Edith Piaf se casó en el umbral de la muerte con un joven cantante de 26 años, Theo Lambukas (llamado Sarapo que en griego quiere decir Te amo), quien decía sentirse al cuidado de su anciana y enferma madre.

La Divina Sarah, como le llamaron, falleció el 23 de marzo de 1923 en brazos de su hijo Maurice. Más de 150 mil franceses acompañaron su féretro hasta el cementerio de Pére Lachaise.

El gorrión de París, la Móme Piaf, murió 40 años más tarde y sus restos también escoltados por miles de admiradores, fueron llevados igualmente a Pére Lachaise.

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7 comentarios en “Joyas de excepción: Sarah Bernhardt y Edith Piaf

  1. De la música mucho conocemos, Edith Piaff naturalmente. Pero es obvio que no hay demasiados testimonios gráficos de Sarah, sin embargo de ellas conocemos mucho y artículos como este ayudan mas.

    • En los tiempos actuales serían sin dudas rostros permanentes de las redes sociales. En todo caso, vale rescatar valores de antaño como estas dos verdaderas joyas del arte.

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