Los paraísos de Versalles

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Palacio de Versalles

Palacio de Versalles


La idea de visitar el Palacio de Versalles se antoja uno de los sueños ineludibles de los turistas en París y si bien el antiguo coto de caza es deslumbrante, son los pequeños detalles de su entorno e historia los verdaderos atractivos.

¡Ah, Versalles!. Versailles (su nombre en francés), un área que gustó a Luis XIII en 1623 cuando se alejaba de la gran ciudad para sus jornadas de caza. Fue entonces cuando levantó una modesta vivienda para los descansos habituales.

Pero fue el “delfín” Luis XIV el encargado de finalmente tomar la decisión de trasladar su reinado del Palacio Real, el Louvre y las Tullerías hacia Versalles. Una de las tantas contribuciones del Rey Sol que sería el inspirador de la obra monumental de la Opera.

Por cierto, de un intercambio con la familia surgió la pregunta del origen del término “delfín” (dauphin en francés). Se trataba de una suerte de título nobiliario galo, destinado a los príncipes herederos del trono.

Sin embargo, era en un comienzo sobrenombre y luego el rango nobiliario de los Señores del Dauphiné (Delfinado), Condes de Viennois, que se autoproclamaban Delfines de Viennois y Condes de Albon.

Imitando a los Delfines de Viennois, una rama de los Condes de Auvernia adoptan el título de Delfín de Auvernia, que permanecerá hasta la Revolución Francesa.

Según Wikipedia, el último en llevar el título fue Luis Antonio de Borbón y Saboya, Duque de Angulema, pero sin dudas el “delfín” más famoso y efímero resultó ser el Luis XVI, esposo de María Antonieta, decapitados ambos a raíz de la revuelta popular el 21 de enero y el 16 de octubre de 1793, respectivamente.

De regreso al emporio real parisino, nos aguardan sensaciones encontradas y sorpresas muy agradables.
Luego de un paseo por el Louvre o el Museo de Orsay, ingresar a los salones del Cháteau no provoca un impacto demasiado espectacular y ni siquiera la belleza del suntuoso Salón de los Espejos completa las emociones esperadas.

El Louvre es la síntesis más perfecta que se tenga conocimiento del arte y la cultura occidental y del mundo entero, mientras pinturas y esculturas del Orsay empalman brechas que pudo dejar al azar su vecino cercano, apenas separado por las orillas del Sena.

Los enormes portones y bardas salpicados del oro de la nobleza de antaño y el frío que casi siempre baña a Versalles, a 17 kilómetros de la Ciudad Luz, rezuman el ambiente de grandeza y opulencia que acompañan a millones de visitantes cada año.

Si ya conocen París, los interiores del Palacio no tendrán la magia seductora que esperaban, aunque el toque de distinción llegará en un inicio con los jardines que por sí solos constituyen tal vez el mejor regalo del otrora emporio real de Francia.

Palco de Luis XV


Antes de tocar de cerca la naturaleza, la Opera de Versalles recupera su esplendor. Desde el palco privado donde Luis XV se acompañaba por distintas mujeres en cada espectáculo, se tiene la mejor panorámica del teatro.

Fue el sueño que nunca pudo realizar su antecesor Luis XIV y que recobró vida a finales de 2009 con obras de restauración y reconstrucción que supusieron una inversión de 13,5 millones de euros y más de dos años de minuciosas labores.

La sala de 340 metros cuadrados y aforo para 600 u 800 personas fue inaugurada el 16 de mayo de 1770 con la boda de María Antonieta y el futuro Luis XVI, cuando ninguno de los dos imaginaba su destino hacia la guillotina.

Pero el proyecto nació en 1682 cuando El Rey Sol solicitó a Jules Hardouin-Mansart y Carlo Vigarani levantar una gran Sala de Bailes para la realeza, que nunca pudo concretarse hasta la mitad de la centuria siguiente.

-Los Jardines-
El busto de Luis XIV que puede verse en el Palacio fue obra del insigne escultor italiano Gian Lorenzo Bernini, quien durante su estancia en París consagró cinco meses a la elaboración de esta suerte de homenaje a un soberano experto en artes y cultura.

La búsqueda del relajamiento espiritual, la paz y, al mismo tiempo, su impulso irrefrenable de muestras de poder, condujeron al Rey Sol a instaurar una nueva concepción paisajística que no escatimara en detalles partiendo de un eje central.

Se valía de sus estrechos nexos con Le Brun y Mignard para la pintura; Le Vau y Hardouin-Mansart en la arquitectura; Le Nótre con los jardines; Luily por la música y nada menos que Moliére con el teatro, además de su amistad con Bernini y otros escultores.

Jardines de Versalles


Dejó en manos de André Le Nótre, conocido experto en botánica, arquitectura y pintura, la planificación de los verdes que adornarían las instalaciones de Versalles, una tarea que duró una década de 1660 a 1670.

Le Nótre aprovechó los espléndidos espacios y utilizó el plano cartesiano en la búsqueda de la perfección simétrica y de una perspectiva guardada por tilos, robles, álamos, fresnos, cerezos o hayas.

Las fuentes, estanques y canales suponen objetos de referencia dentro de estas organizaciones y el agua sirve para reflejar la grandiosidad del conjunto vegetal. Las estatuas heredadas del estilo italiano, están igualmente presentes.

El orden y el aprovechamiento del espacio con sentido exquisito dejaron una obra imperecedera. Son los adornos más lujosos de los tres palacios de la instalación: Versalles, Gran Trianón y Pequeño Trianón.
La superficie total es de 67 mil 121 metros cuadrados, de los cuales 50 mil están abiertos al público.

-Aguas musicales y fuegos reales-
Otras obsesiones de Luis XIV dejaron capítulos especiales de Versalles, con vuelos de imaginación a partir de “Les Grandes Eaux Musicales” y “La Face cachée du soleil” (El rostro oculto del sol).

Juegos de agua animan los bosquetes y fuentes del jardín del palacio de Versalles. Un encantador paseo-espectáculo que permite disfrutar de la obra maestra de Le Nôtre sublimada por un estallido de chorros, chisporroteos, burbujas, cascadas y música barroca.

Para recordar aquellos tiempos, en el año 2005 tuvo lugar en el Palacio “Le concert des Nations”, un abarcador recital dirigido por Jordi Savall en un repaso de los clásicos instrumentales de Luis XIII al Rey Sol, con el agua como telón de fondo.

Empero, los momentos supremos llegan en el verano, sólo en los meses de julio y agosto, cuando los más reputados expertos del mundo en fuegos de artificio vienen a Versalles para preparar presentaciones “sui-géneris”.

Son los mismos que se han encargado de impactar a la opinión pública internacional con los eventos inaugurales y de clausura de los Juegos Olímpicos. En Francia los fuegos de artificio se conocieron en el siglo XVI por primera vez.

Sin embargo, es a partir de 1606 cuando devienen elementos imprescindibles en las fiestas de la corte en Fontainebleau, donde el duque de Sully ofrece una celebración inédita con esa antigua técnica asiática.

Luis XIV los lleva a Versalles, donde el escenario inconmensurable de fuentes, estatuas y jardines son propicios para los juegos de colores que ahora, en tiempos de ultra modernidad, el Grupo F, por ejemplo, supera con amplitud.

Cinco viajes pirotécnicos y luminosos, con la ayuda de efectos especiales, parten de las cascadas de Neptuno. El primer alto en el camino representa El Sol; el segundo El Agua; el tercero Los Colores; luego La Guerra y por último Blanco y Negro.

El segmento de Los Colores abarca asimismo la la Corte del Campo, la Corte Celestial y la Corte Marcial. En todos los casos destaca una suerte de tributo a Luis XIV por sus legados.

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2 comentarios en “Los paraísos de Versalles

  1. Impresionante descripción, como si te estuvieras recreando en el mismo lugar. También a este humilde profano de las artes le cautivaron los jardines. Al final el poder sigue siendo de la naturaleza, aunque nosotros pretendamos dominarla. gracias de nuevo, el 3ero de los Delfines

    • Interesante reflexión acerca del poder de la naturaleza. Versalles es un fragmento de bellezas exquisitas y armoniosas, expresión de una grandeza real construida sobre el sufrimiento de otros. De ahí la Revolución Francesa. En cualquier caso, no se puede negar que los soberanos tenían buen gusto. Agradecido por el comentario.

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