Nagasaki: 080919451102

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Nagasaki, Japón.- Las sensaciones son disímiles y los intentos de dibujar una sonrisa se desvanecen de inmediato. En el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki hay señal de internet wifi con una contraseña numérica, todo un símbolo: 080919451102.

A unos 800 metros del hipocentro de la bomba atómica, en una casa cerca del Santuario Sannó de Nagasaki, fue encontrado un reloj congelado por la radioactividad y la onda expansiva del artefacto nuclear. Dejó registrada la hora, 11:02 am, el terrible instante en que la ciudad del sur de Japón fue destruida el 9 de agosto de 1945.

El sonido del tic tac imaginario de un reloj paralizado por la barbarie se convierte en espeluznante. No hay mayores preámbulos y sabemos que el nudo en la garganta que acaba de aflorar se agudizará.

La historia que hemos escuchado desde los primeros años escolares nos confronta y aquellos nombres lejanos de Hiroshima y Nagasaki como puntos finales de la Segunda Guerra Mundial, dejan de ser ajenos.

Una maqueta de Nagasaki, Japón, iluminada de forma intermitente por una policromía que en otras circunstancias pudiera calificarse de atractiva, representa, empero, un símil de los impactos estremecedores de la bomba atómica.

El frente trasero de Fat Man, como bautizó Estados Unidos su letal proyectil, provocó un trayecto de shock al estilo de olas que alcanzaron 3,7 kilómetros desde el punto de explosión en apenas 10 segundos, y aproximadamente 11 kilómetros y 30 segundos.

Tierra arrasada: 175,743 muertes entre los que fallecieron el propio 9 de agosto de 1945 y el resto de manera paulatina a lo largo de los años, por leucemia y otros tipos de cáncer.

Hay imágenes demoledoras en este recinto del sur de Japón, en la isla Kyushu, donde hace 73 años el mundo fue testigo de la ignominia primero a Hiroshima y luego a Nagasaki.

Cuesta avanzar en el museo repleto de las cadenetas cada una de mil grullas de origamis, que expresan el profundo deseo de los japoneses del Nunca Más.

Laureado en 2017 con el Premio Nobel de la Paz, los salones del enclave eluden la superficialidad. Las fotos son descarnadas y el horror nuclear aparece en ropas desgarradas, gente físicamente destrozada y con la moral en el limbo de lo inconcebible.

Niñas de 14 años sonrientes, en una foto de la época como único recuerdo. Lo demás es una lata donde alguna de ellas llevaba su almuerzo a la escuela, calcinado junto a monedas y cuatro botellas derretidas.

Una mujer con un seno visible amamantando a su bebé y con la mirada perdida; el niño que lleva su hermanito muerto en su espalda a la espera de entregarlo al crematorio para impedir las epidemias; y una réplica del umbral de la catedral de Urakami destruida por completo.

Dos horas de vuelo desde Tokio, más 45 minutos de trayecto por carretera, se antojan un tiempo menor cuando se llega a Nagasaki.

Es en la actualidad una ciudad próspera, fundada en 1671 por navegantes portugueses y con una actividad portuaria notable, influida también por los holandeses. Antiguo emporio del catolicismo en Japón y con el templo de Urakami reconstruido en 1959 tras el impacto de Fat Man.

La bomba estalló a 500 metros de altura sobre lo que hoy es un monolito que marca el hipocentro del obús. En apenas segundos acabó con la vida de alrededor de 35,000 personas de forma instantánea. Luego siguió la tragedia.

No deberíamos nunca olvidar el password del Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki: 080919451102.

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