Bruges y Chartres: añoranzas venecianas

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Bruges


Sometidos a una avalancha de información diseñada para las redes del ciberespacio, con frecuencia somos víctimas de ucases lapidarios que reiteran una misma idea. Son dictámenes de “obligación social”, asfixiantes e indiscutibles.

Nos ofrecieron a París como la Ciudad Luz a partir de las corrientes iluministas que dominaron el Siglo de las Luces, el XVIII, cuando Francia marcó pautas con un movimiento cultural, filosófico y político.

Empero, de un tiempo acá ciertas agencias de turismo intentan atraernos hacia la “Ciudad de las Luces”, una distorsión del término a partir del concepto de luminarias y efectos de fuegos de artificios para hacernos creer que en efecto, lo de París es asunto de nocturnos claros. Entierran entonces a Voltaire, Diderot, Robespierre, Marat, Rousseau …

De paso en correrías del pasado entre Alemania, Francia y Bélgica, alguna vez tuve un agradable roce con Bruges, vocablo que proviene del noruego antiguo Bryggia, que significaba puentes o muelles.

La llaman la Venecia del Norte pero sus canales son tan medievales que invitan más a la historia que al goce romántico. Bruges o Brujas, de todas formas, una joya belga suspendida en el tiempo.

Lo que no sabía en aquella época es que volvería a Bruges y la nueva visita me permitiría establecer un parangón con otro pedazo del Viejo Continente de cierta semejanza, Chartres, en Francia.

Retorné hace poco a Bruges, que afirman se denomina Brujas en español por prácticas oscuras de magia siglos atrás y por una derivación de la palabra.

Otra explicación es más simple: la presencia española en Flandes terminó por bautizar la urbe como Brujas por su fonética… y una hipótesis más asevera que los gitanos refugiados allí convirtieron en populares cuentos sobre brujas.

Bruges

Capital de la región de Flandes Occidental, Bélgica, esta Venecia del Norte de Europa no esconde su pasión por los chocolates, en especial los famosos bombones del país.

No hay góndolas ni mandolinas. Tampoco la frialdad enigmática de Brujas dibuja la fábula sentida de amor, cruzando medio centenar de canales y puentes. Más de dos mil años de historia, sus héroes Jan Breydel y Pieter de Conninck, que la salvaron del asedio francés en el siglo XIV, y un ambiente resistido a la modernidad del siglo XXI.

Definitivamente tiene poco de Venecia y el símil se antoja absurdo. Pero Bruges es una cartelera de hermosas postales, de pequeños círculos, armoniosa arquitectura y plenitud delicada de la vida apacible y orgullosa.

Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde el año 2000, su rosario de plazas, monumentos e iglesias resume los aromas de autenticidad de una de las urbes más atractivas de Bélgica.

Están el Campanario o Belfort con sus imponentes 83 metros de altura que sobresalen entre ladrillo, chimeneas y calles empedradas. Luego, el Mercado Cubierto (Hallen) en el Grote Markt o Plaza Mayor, levantados de 1240 a 1487.

Los pequeños canales y paisajes dignos de la plástica agradecen el tránsito hacia la Plaza Burg y el Ayuntamiento. Fortaleza amurallada donde se ubican la iglesia dedicada a Nuestra Señora y a San Donato, y la Basílica de la Santa-Sangre.

Cada paso atisba el anticipo de la próxima sorpresa. Están las Puertas de Brujas, construidas en tres fases del siglo IX al XIII, y los molinos que ahora vuelven a recobrar protagonismo cuando tanto se necesita de la energía eólica.

Las Casas de Caridad, hospicios para enfermos y personas de avanzada edad del siglo XIV, decenas de monumentos religiosos con la Iglesia de Nuestra Señora a la cabeza, que muestra con orgullo a “Madonna de Bruges”, obra insigne de Michelangelo.

Se trata de una escultura de 123 centímetros realizada por el maestro entre 1501 y 1504 por encargo de los mercaderes flamencos Mouscrom. Durante el imperio de Napoleón Bonaparte fue llevada a Francia y finalmente devuelta a Brujas en 1815.

El Beguinaje, el convento de las beguinas, mujeres que convivían bajo el catolicismo sin llegar a convertirse en monjas, y el rosario de casas antiguas, de estilo medieval, o aquellas con diminutos muelles al borde del río completan el panorama.

En el difícil e inevitable arte de las comparaciones, algunas personas se inclinan más por Amsterdam, la capital de Holanda, como la verdadera réplica de Venecia en el occidente de Europa. Sin embargo, se resiente en razón de sus aires de modernidad.

Brujas es bastante auténtica. Entre sus curiosidades sobresale la altura de 122,3 metros de la Iglesia de Nuestra Señora, segundo edificio de ladrillo más elevado del mundo; y los mausoleos pintados de María de Borgoña y de su padre Carlos el Temerario en el propio templo.

Asimismo, la catedral de San Salvador levantada en el siglo IX como capilla de estilo románico, sobrevivió a cuatro incendios y en cada reconstrucción aumentó sus dimensiones y mejoró la distribución del espacio.

Como adornos, una pequeña ventana gótica, casi diminuta, y las puertas, que fortificaron la ciudad desde el siglo IX y llegaron a ser 18, de las cuales hoy sólo quedan cuatro en pie: la puerta del Asno, de Gante, Santa Cruz y Mariscal.

-CHARTRES Y ENRIQUE IV
A notable distancia, en pleno centro de Francia, Chartres dio el giro hacia lo inesperado y asombroso. Se habla de su diamante de honor, la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora (Assompion de Notre Dame en francés).

Chartres


La antigua colonia incendiada por los normandos en el año 858 de Nuestra Era, enalteció su historia cuando en 1594 Enrique IV fue coronado rey de Francia.

La ascensión de Enrique IV tendría lugar tras su conversión al cristianismo y la famosa frase que se le atribuye: París bien vale una misa, al renegar de la religión protestante, un hecho que le costaría la vida finalmente.

Aunque parecería que con sus poco más de 40 mil habitantes, inferior a los 120 mil ciudadanos de Brujas, Chartres se quedaría en el limbo apenas con su templo eclesiástico, precisamente se trata de una obra monumental “sui géneris”.

Estableció un hito en el desarrollo del gótico e inició una fase de plenitud en el dominio de la técnica de construcción de este estilo y como la urbe, debe mucho al teólogo escolástico y obispo Fulberto de Chartres. En 1979 fue declarada Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Un detalle adicional de la catedral: centro religioso de la tribu celta de los carnutes, la veneración por la Virgen María se torna excepcional desde el siglo XII.

En un altar se puede ver a la Sancta Camisia, una reliquia traída de Tierra Santa, la túnica de la Virgen María que según cuentan, fue cedida a la iglesia por Carlos el Calvo en el año 876.

Lo que si no aparece con frecuencia en catálogos y guías de turismo es Chartres como ciudad. Decenas de canales y puentes traen enseguida a la memoria a Bruges, aunque ciertamente el punto de atractivo dictado para todos es la catedral gótica.

No deja de impresionar la magnificencia del templo religioso, pero los recintos medievales, la transparencia de los aires apacibles y los retoques de adoquines y maderas en portales y techos antiguos, sueltan alas al compás de los tiempos.

A diferencia de otros emporios de la industria sin humo, las señalizaciones de Chartres apuntan casi siempre en una sola dirección, la catedral.

Suerte que en ese deambular, las hojas secas despiden al invierno, anuncian el otoño o el arribo de la primavera, o los árboles floridos destapan el verano.

Ahí, en medio del armonioso coro de la estaciones, es cuando resultan asombrosos los descubrimientos del pueblito, que conceden un pedestal más alto a la ya encumbrada catedral de Chartres.

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