Temporada de Roma

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Navona
Templo sagrado de la cultura universal, con una impronta tan especial que sólo Atenas le discutiría en raigambre, Roma transpira detalles con estilo desenfadado, como si esos pinos altos y cipreses sirvieran de telón de fondo al espectáculo supremo de su arquitectura.

Con Roma me sucede algo similar a París. Salgo a las calles dispuesto al recorrido extenso y diverso, con una idea fija, que puede ser en este caso las “Piazzas” (Plazas). Pero son urbes envolventes, dibujadas por la mano de Dios.

Están las ineludibles iglesias y los fragmentos antiquísimos del Imperio, al margen de lugares famosos como el Coliseo, el Foro Romano o el Palatino, o el Mercado de Trajano. Y luego el excelso Vaticano.

Así tropiezo con las rivalidades de los grandes artistas y el aire aventurero que transpira la Vía Venetto en las encantadoras locuras de La Dolce Vita.

La Piazza Navona irradia un magnetismo incomparable. A priori se antoja sencilla y coqueta. Mis piernas reducen el impulso abarcador de “correr” en un lugar que clama por la atención y la pausa. Giuliano, un amigo italiano de origen latinoamericano, no es demasiado locuaz en detalles, aunque logra aterrizar en las esencias.

La onda de Giuliano me trae a la memoria a “Kiss kiss, bang bang”, una de esas películas ligeras que en otros tiempos más adolescentes resumían todo lo que un joven sueña en los inicios de su vida: fortaleza física, habilidades, simpatías, y, claro está, un inmenso poder seductor para rendir a las beldades.

Se hizo un “remake” en el 2004, con Robert Downey Jr. Y Val Kilmer, con más recursos, efectos especiales de última generación, pero segundas partes en definitiva.

Este Giuliano que me acompaña se conoce Roma casi como la palma de su mano, pero no es muy ducho en fechas y nombres.

Ni tampoco parece seducido por la grandeza de antaño del cine italiano. Con cierto desenfado me muestra la Vía Venetto, como si se tratase de una calle más de la capital italiana.

“Reconozco que con las películas italianas, lo mismo que las francesas no acabo de digerirlas bien. Tienen otro ritmo, quizás es mejor pero estoy atrapado por Hollywood”, admite mi interlocutor.

Llegamos a la Piazza Barberini, donde está la Fontana del Tritone, una de las tantas obras de Gian Lorenzo Bernini, creada en 1642, también llamada en ocasiones Piazza Bernini. Es pequeña, con el paraban de un hotel más moderno que lleva el nombre del maestro.

No tiene la fama de la Fontana de Trevi, pero una vez más el cine le dio resonancia, con Angeles y Demonios, de Dan Brown. La fuente ofrece una composición de cuatro delfines alrededor de un tritón que toca una concha marina.

A pocos metros se puede descubrir, con algo de imaginación, a la provocadora Anita Ekberg y el sempiterno Marcelo Mastroianni. Es la confirmación de la vigencia de la obra del maestro Federico Fellini y la elegancia de una de las calles más caras de Roma.

“Allí comen ahora los turistas ricos”, me advierte Giuliano señalando a la Vía Venetto.

Figura indispensable del cine mundial, para muchos el mejor director de todos los tiempos, vuelve ser mimado en París, donde en el Museo Jeu de Paume del Jardín de las Tullerías tiene lugar la exposición “Tutto Fellini, la Grande Parade”.

Con La dolce vita (1960), Fellini logró demostrar, quizás por primera vez en el séptimo arte, que las suecas no son frívolas y que la modelo Anita Ekberg pasaría a la historia con su célebre baño en la Fontana de Trevi, cuando tenía tan cerca la del Tritone.

Como el periplo no es lineal ni esquemático, volvemos a Trevi, dicen que el sitio de mayor concurrencia de los turistas, algo bastante discutible si se tiene en cuenta a la Piazza de Spagna (Plaza España).

Después de volver a cruzar la Vía el Corso, siguiendo por la del Tritone, estamos ante la Fontana de Trevi. Los “expertos” aseguran que se lanza una moneda y se piden tres deseos, pero Giuliano no está de acuerdo.

Son dos monedas, una para volver a Roma y la otra con un deseo personal. Una tontería a la cual todos sucumbimos. Lo relevante, sin embargo, es la obra en sí misma.

Alegoría al Rey de los Mares, se trata de una suerte de arco triunfal. La figura principal es Neptuno tirando de su carro de caballos marinos, a quien lo acompañan la Abundancia y la Salud.

Extraordinaria escultura de Nicola Salvi, en el 1763, en días soleados es de una belleza singular por los azules de las aguas. Pero en noches claras, se antoja emporio de símbolos de una ciudad que no termina nunca de asombrar por su historia.

-Bernini y Navona

Omitir algunos nombres puede ser un pecado capital en Roma. De todos modos, en el tránsito por cualquier espacio rodeado de modernidad, resurgen las ruinas del Imperio por doquier.

Es una lástima que no se haya podido preservar el equilibrio arquitectónico como sí lo tiene París. Naturalmente la Ciudad Luz es mucho más joven en relación con Roma y tal vez por estas cuitas, la una se considera digna de la otra y viceversa.

Nos detenemos en la Piazza Navona que es, desde mi punto de vista, una suerte en su nivel de Basílica de San Pedro del Vaticano.

Luego de visitar la Basílica de San Pedro, es fácil concluir que existen en el mundo las iglesias y el mayor enclave del Vaticano, irrepetible e incomparable. Lo mismo con las Plazas, está Navona y las demás.

Aunque tampoco pudiera considerarse una curiosidad, el hecho es que Bernini tuvo bastante que ver con el Vaticano. A pedido del Papa Alejandro VII se hizo cargo de la Plaza de San Pedro y la columnata en la que se incluyen 11 de los 12 Apóstoles (menos Judas Iscariote) al lado de Cristo y San Juan Bautista.

El extraordinario escultor, arquitecto y pintor oriundo de Nápoles, considerado uno de las grandes figuras del barroco, fue el autor del baldaquino que impacta en los espaciosos salones de la Basílica de San Pedro, de bronce macizo y sobre el altar mayor del recinto.

Luego de la disgresión, volvemos a la Piazza Navona. Giuliano esta vez se apasiona en el relato. Primero para subrayar que la Fuente de los Cuatro Ríos está incluida como uno de los altares de la ciencia en Angeles y Demonios de Brown, si bien la cinta es de las peores realizaciones de Hollywood.

Bajo el concepto urbanístico barroco un papa del siglo XVII convirtió el espacio que en otro tiempo ocupó el estadio de Domiciano en punto de encuentro popular, tal como habría hecho cualquier emperador de la Roma Antigua.

La palabra navona se cree que es una degeneración de Agon o Circus Agonalis, competición de atletismo. Si esto es así, es más coherente el origen del nombre de la iglesia que se alza en la plaza, Sant Agnese in Angone.

Bernini tiene el privilegio de marcar numerosos sellos de Roma. La Fontana dei Quattro Fiumi (Fuente de los Cuatro Ríos), de 1651 es una de sus esculturas cumbres, con una curiosidad. Uno de los cuatro ríos está con la mano levantada y el rostro en estupor.

Prueba fehaciente de su rivalidad con el arquitecto suizo Francesco Borromini, quien junto a Rainaldi construyó la iglesia de Sant´Agnese in Agone. Bernini quiere hacer ver el miedo de que ese “templo horrible” llegue incluso a derrumbarse.

Borromini le responde con una escultura que le vira la espalda al diseño de Bernini.

Otras dos fuentes esculpidas por Giacomo della Porta, La Fontana di Nettuno (1574) y la Fontana del Moro (1576), adornan además los extremos norte y sur de la Plaza Navona.

Tiene, por si le faltaran detalles, al Palazzo Pamphili, cuya galería fue pintada por Pietro da Cortona y es actualmente la embajada de Brasil en Roma.

De Piazzas son insoslayables la de España, el lugar de las citas y el descanso, con la escalinata hacia la iglesia Trinitá del Monti y La Baracaccia, otra fuente romana; la del Campidoglio, del Popolo, de la Minerva, Campo de Fiori, Venecia, Santa María (…)

Alguien puede preguntarse de la saga de Miguel Angel y de Leonardo da Vinci, o de los diversos y espectaculares templos religiosos de la capital italiana, pero para eso, tengo que pactar otro encuentro con Giuliano de Roma.

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6 comentarios en “Temporada de Roma

  1. Gracias por permitirnos mirar a través de tu sensibilidad y tu historia, un don poco común en estos tiempos de individualismos. por hombres como tú es que se puede seguir llamando a roma la ciudad eterna, porque cada uno la hace trascender mientras le roba un pedazo y la hace suya, y nuestra también.

    • Tienes el don de los poetas. Así que decídete un día a hacer valer tus creaciones. Hemingway decía que la narración es como un iceberg: para que la parte expuesta al público se sostenga, tiene que estar respaldada por mucha más cantidad de información que a pesar de que no se le diga al lector, sí que le va a llegar de alguna forma. Muy humildemente, trato de seguir los postulados de Hemingway.

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