Licencias y dramaturgia: Inglorius Basterds

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Christopher Waltz


Casi siempre digerimos la historia como nos la contaron. En mi universo onírico, me costó mucho trabajo asimilar la inexistencia de los Reyes Magos y en temas bastante más serios como la Segunda Guerra Mundial, todavía admito lagunas.

Para no andar con rodeos me detengo en Inglorius Basterds, la película de Quentin Tarantino que en el mejor de los casos se lleva el calificativo de sorprendente y regala un par de joyas de la actuación en rostros poco conocidos hasta ahora.

Todo pasa en última instancia por la mano del hombre y los mensajes subliminales que se deslizan desde los escondrijos ideológicos. Aunque en tiempos más recientes, la ética y la decencia parecen perder terreno en el concierto mediático internacional.

Tarantino se torna obsesivo en el acabado de sus escenas y nos permite tomar licencias. Porque un capítulo como el de arrancada en Inglorius Basterds tiene la virtud de atornillar al espectador en su butaca, de afincarse para apreciar el desenlace sin dudas terrible.

Es un disfrute morboso -con la leche como metáfora de pureza… contaminada-, al que nos somete con maestría el realizador y un par de actores batidos en un duelo impresionante y devastador. Ciertamente, salvo contadas excepciones, son los intérpretes los héroes de la cinta.

Inglorius Basterds (Malditos bastardos) marca una ruptura dentro de los oscuros capítulos nazis en la conflagración. Quiebre de patrones herméticos, de encasillamientos tal vez asfixiantes. Cuerdas distantes ante los caminos trillados.

Con una alta dosis de violencia, física y espiritual, y la revelación de dos figuras que sin dudas volveremos a ver para regocijo del cine: la francesa Melanie Laurent y el austríaco Christopher Waltz.

También una cierta decepción en torno al sobreactuado Brad Pitt y los guiños mal logrados a Marlon Brando. O en la solución de las tramas hacia un final con tintes de brillo y, al mismo tiempo, paradójicamente caricaturales.

De todas formas, si lo que una vez más quería Tarantino era provocar, remover, intranquilizar (…) a los espectadores en sus butacas, no pudo hacerlo mejor. Fue preciosista en la dramaturgia y consiguió en este renglón un producto bastante acabado.

La crítica prestó bastante atención a los homenajes que acompañaban implícitamente a una obra, por otra parte, empeñada en desbordar la imaginación con toques de un vuelo sorprendente a partir de la exquisita dirección de actores.

Tres escenas de la película se convierten en los grandes privilegios de los espectadores. En dos de ellas aparece Christopher Waltz, el tenebroso coronel nazi Hans Landa, cazador implacable de judíos, con su alucinante estilo de terror incisivo de las palabras.

Waltz se roba el espectáculo desde el mismo comienzo del largometraje. Uno ya sabe que ganó la Palma de Oro de Cannes y pudiera decirse que coquetea con el Oscar tranquilamente, el cual finalmente obtuvo.

Melanie Laurent, la bella parisina de 26 años, ya es una de las estrellas nacientes del celuloide en Francia. Escritora, directora y actriz, conquistó el César por su labor interpretativa en “Je vais bien, ne t´en fais” y los Premios Lumiére, Etoile d´Or y Rommy Schneider.

Triunfa en Inglorius basterds en su duelo con el excelente actor alemán Daniel Bruhl (Goodbye Lenin) y resiste el desafío de Waltz durante una tenebrosa merienda en la cual el oficial nazi se regodea en su afilado verbo amenazante.

En otro escaño también sobresaliente, se luce la alemana Diane Kruger (Bridget von Hammersmark) en la tercera secuencia de lujo de la cinta en una taberna, que pone a prueba a una misión de los aliados ante verdaderos oficiales nazis de las SS y la Gestapo.

Están los códigos de los homenajes al propio cine, al estilo del desaparecido Sam Peckinpagh y también los delirios de Tarantino en línea con los western spaguetti. Permisible o no, lo cierto es que destroza esquemas a la hora de tratar el séptimo arte ya la guerra.

Hay algo de “12 del patíbulo”, “El desafío de las águilas” y un guión de apariencia dispersa que partió del escrito en 1978 por Enzo E. Castellari con “Quel maledetto treno blindato”, cuyo título en inglés sería como la actual aunque no se trata de un “remake”.

Se sienten las ánimas de fantasmas que merodean todo el tiempo a Inglorius…, como si todas las facturas del pasado relacionadas con la Segunda Guerra Mundial y bajo el sello de Hollywood se dieran cita con Tarantino (Reservoir dogs, Pulp fiction).

Hay burlas y risas en pasajes de los cuales ni el mismo espectador está seguro de poder resistirlo, como tampoco la crudeza de la violencia y el divorcio absurdo de esos 11 minutos extraordinarios del comienzo y un final lleno de atropellos.

Rezuman en sus ideas pantallas vanguardistas. A ratos toca el firmamento como un genio. Otras se vuelve demasiado terrenal, grotesco y burlón.

Como deslizó algún que otro crítico en Francia, Tarantino parece querer llegar a una obra maestra, pero luego se agota y la abandona. Quizás necesita de nuevas emociones para alcanzar la cima.

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