Invisibles

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Su trabajo es muy simple: ascensorista. De pocas palabras, soñoliento casi siempre en las tardes, ni siquiera lee periódicos o revistas. Tampoco se maneja con los teléfonos celulares. Su rutina laboral está ceñida a dos momentos: los recesos para la merienda y el descanso de media hora de almuerzo.

Más allá, los consabidos saludos matinales o de buenas tardes. Comentarios del clima y el fútbol, lacónicos para no variar. Y la esperanza de entender, cuando alguien le explique, a qué juega la política en este mundo.
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