La familia, los amigos, las Navidades

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navidad
Tengo cerca de mi oficina a un viejo saxofonista ambulante que se empeña cada día en recordarme que estamos a las puertas de la Navidad. Lo hace de la peor manera, con las notas de Jingle Bells.

Una bonita canción de invierno del siglo XIX del estadounidense James Pierpont, prostituida a lo largo del tiempo por el mercantilismo.

La melodía, junto con los Papa Noel, Santa Claus, San Nicolás o el Viejo Pascuero, hace la simbiosis perfecta todos los años para disparar las ventas. A tal punto, que los adornos y “promociones” se adelantan ya a mediados de noviembre. Los niños del futuro no sabrán que la fecha de Navidad tuvo alguna vez un significado religioso y familiar.

El nacimiento de Jesucristo en Belén, motivo de celebración también para los no creyentes, se conoce también como Pascua y adopta varios nombres según idiomas: Christmas (Cristo y Mass que significa misa en inglés); Joyeux Noel (Feliz Navidad en francés); Weihnachten (Noche de bendición en alemán) o Nativitas (nacimiento en latín).

Todo para festejar la llegada de Jesús de Nazaret el 25 de diciembre varios siglos atrás, en la primera centuria, aunque la fecha exacta del acontecimiento difiere en los Evangelios de Mateo y de Lucas.

De todas formas, no son muchas las ocasiones para valorar el amor por la familia y los amigos. La Navidad puede ser hermosa, si la vida lo permite. También un momento especial para soñar en el recuerdo de los que ya no están y de quienes nos enseñan con su ejemplo los valores más relevantes de la humanidad.

Aprecio los regalos, valoro las cosas que hacen más agradable nuestra estancia en este mundo tan enrevesado y bajo amenaza de la naturaleza maltratada. Pero la Navidad debería ser el momento del año para hacer un alto en el camino y colocar en perspectiva la vida por encima de los excesos materiales.
pavo
En la genialidad de la pluma de Gabriel García Márquez, afloran los sentimientos encontrados.

(…) hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.

Aún así, vale la pena sentirse en familia y entre amigos este día navideño, que debería siempre ser muy especial.

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