Aventuras de viajes: Biarritz

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Biarritz


Por una vez trato de mirar mi próxima secuencia de viajes en Europa con ánimo de aventurero. Mi primer destino es Biarritz, en el País Vasco francés, adorno de lujo del mar Cantábrico y el golfo de Vizcaya.

Llego al aeropuerto Orly Ouest de París a las 09:00 hora local, aunque mi vuelo es a las 10:00. Para no variar, el enjambre de pasajeros recomienda hacer los trámites de chequeo de vuelo lo antes posible.

Con nostalgia y hasta un poco de malhumor, recuerdo cuando en el pasado se podía llegar a una terminal aérea justo a pocos minutos del embarque. Entonces no existían los férreos controles de ahora, ni las amenazas terroristas eran tan supuestamente “visibles”.

Todo eso fue cuando la pesadilla del 11 de septiembre de 2001 no había pasado y existían aún las Torres Gemelas de Nueva York. Luego los de la Unión Europea inventaron otras medidas de sospechosas intenciones y relacionadas básicamente con líquidos y spray.

Todavía recuerdo la botella de excelente ron cubano que me quitaron en Barajas, Madrid, y el rostro socarrón del agente de aduanas para impedir que se quebrara y seguramente brindar con sus amigos al término de su turno de trabajo.

Está claro, no hay que dar más vueltas. La idea es favorecer a las “Duty Free” y bares que cobran precios desvergonzados por el mismo jugo o café y hasta la indispensable agua por aquello de la gran mentira del “libre de impuestos”.

Ya uno camina como el reo hacia el cadalso al adentrarse en los aparatos infernales de los rayos X. Viajo siempre con un ordenador portátil, así que conozco los procedimientos. Cinturón, zapatos, llavero, monedas, móvil y el copón divino. He tenido suerte y todo fue bastante rápido.

Rápido si me comparo con un chico con peinado de cresta de gallo, rojo y verde por añadidura, botas con abundante metal y un encendedor en forma de revólver. En cinco minutos, los agentes aduaneros hacen trizas el porte de rockero desenfadado del joven.

En la siguiente espera de llamada al avión hay tres árabes y dos docenas de asiáticos. Arabes puros, con sus vestimentas típicas, así que serán requisados sus documentos hasta el mínimo detalle, aunque sin ambages.

Los asiáticos, que uno tiene la mala costumbre de reducirlos siempre a chinos, se la pasan… a ver, a que si adivinan…pues tomando fotos de cada rincón, sonrientes, no faltaría más.

Alejados ya del estrés relativo de estos trayectos, Biarritz suena bien y la idea de su cercanía con Bayona y San Sebastián ya es apasionante, además de disfrutar de un Festival de Cine Latinoamericano de alto vuelo.

Es una pequeña ciudad donde todo el mundo parece conocerse y el lugar de Francia que encuentro más amistoso y solícito, aunque Toulouse también es muy entrañable y la gente en Bordeaux, además de hablar siempre de vinos, es muy cordial.

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2 comentarios en “Aventuras de viajes: Biarritz

    • La idea es un poco esa…insinuar…..Biarriz valdría la pena otro espacio más reposado. Quiero volver sobre las aventuras de viaje, que son muchas y quizás puedan resultar interesantes. Agradecido de nuevo por la lectura.

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