Los Nobel de Francia y Le Clézio

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París.- Albert Camus tenía entre sus papeles al morir unos manuscritos que con minuciosa laboriosidad reconstruyó su hija. Jean-Marie Gustav Le Clézio atemperó sus obsesiones cuando publicó en 2004, El Africano.

Ambos franceses, Camus Premio Nobel de Literatura en 1957 y Le Clézio flamante ganador del lauro de la Academia sueca en 2008.

Los dos con cuentas espirituales pendientes que saldaron las letras y el vuelo de sus almas.
Fallecido en un accidente de tránsito en 1960, Camus guardaba en sus archivos una serie de manuscritos que llamaron de inmediato la atención de su hija y de su compañera sentimental. Trozos de papel pegados fueron dando sentido al texto.

Finalmente en 1994 salió a la luz pública El primer hombre, el bello y sentido homenaje a su padre, a quien conoció el día en que fue a su tumba y comprendió entonces una verdad impactante: su padre era en ese momento más joven que él.

Sin embargo, salvo el denominador común del origen galo y del pasado militar de sus progenitores, nada que ver en sus historias. Camus se concentra en Argelia y el pasado de la familia, mientras el viajero errante que es Le Clézio proyecta más estancias.

Escribir es una forma de agrandar mi familia, decía en una ocasión este doctor en letras de la Universidad de Niza, su ciudad natal el 13 de abril de 1940, aunque para dejar claro su sello de “hombre de todas partes”, es igualmente oriundo de Islas Mauricio.

Navegante de caminos irreverentes, fascinado por cada “descubrimiento” de la cultura de todos los países que ha conocido, que son muchos, Le Clézio siente enorme orgullo al saberse el decimocuarto francés que alcanza el Nobel de Literatura.

“Mi familia podían ser los libros o la gente que encontraba en la calle. Después quise agrandar la familia. Necesitaba más amor, salir de la soledad”, confesó este hombre que alterna su vida en Alburqueque, Nuevo México, y el sur de Francia.

De Africa tiene hermosos recuerdos, cuando llegó a conocer a su padre desde una Europa pobre y marcada por las guerras a un continente espléndido en riquezas y entornos naturales. “Ahora es todo lo contrario”, se lamenta.

En su libro El Africano, vale la pena detenerse en un pasaje que revela su ansiedad por reconocerse en el concierto familiar e intenta al mismo tiempo escudriñar en la personalidad de su padre, un estricto militar inglés casado con una bretona tradicional.

-Sólo era un niño y el poderío del Imperio me era bastante indiferente. Pero mi padre aplicaba su regla como si sólo ella diera sentido a su vida. Creía en la disciplina, en el gesto de cada día: se levantaba temprano, enseguida se hacía la cama, se lavaba con agua fría en una palangana de zinc y había que guardar esa agua jabonosa para remojar calcetines y calzoncillos. Las lecciones con mi madre cada mañana, ortografía, inglés, aritmética.

-El rezo cada tarde, y el toque de queda a las nueve. Nada en común con la educación francesa, la carrera de desanudar pañuelos y las escondidas, las comidas alegres donde todo el mundo hablaba a la vez, y para terminar, los dulces romances antiguos que contaba mi abuela, las ensoñaciones en su cama mientras se escuchaba chirriar la veleta y en el libro La alegría de leer seguir las aventuras de una urraca piadosa que viajaba por la campiña normanda.

-Al irnos a Africa habíamos cambiado de mundo. Lo que compensaba la disciplina de la mañana y de la tarde era la libertad de los días. La llanura herbosa delante de la cabaña era inmensa, peligrosa y atractiva como el mar. Nunca había imaginado que gozaría de esa independencia. La llanura estaba allí, delante de mis ojos, lista para recibirme.

Considerado el mejor escritor francés vivo, distinción concedida en 1994, Le Clézio, debutó en la literatura a los siete años y con sólo 23 fue reconocido con el galardón Renaudor por El atestado o El proceso verbal, título en francés.

Tiene una historia de amor con México y Panamá, donde residió en 1970 varios meses al lado de poblaciones indígenas.

“Esa experiencia cambió toda mi vida, mis ideas sobre el mundo del arte, mi manera de ser con los otros, de andar, de comer, de dormir, de amar y hasta de soñar”, relató emocionado en una ocasión.
Bajo su impronta aparecen asimismo Terra amata, La Guerra, Desierto, su obra monumental, Onitsha, El pez dorado, Diego y Frida, entre otros trabajos, además del más reciente, Ritournelle de la faim.

La exigente Academia sueca tomó en cuenta su apego a la naturaleza y subrayó que se trata de un “escritor de la ruptura, la aventura poética y el éxtasis sensual y un “explorador de la humanidad”.
De Francia a Islas Mauricio, Africa, Latinoamérica, Gran Bretaña, Tailandia, México, Panamá y ahora Alburquerque, Estados Unidos, donde antes deambuló también por Boston y Austin. Marinero de tantos puertos y sin embargo, de amores centrados.

O más bien tres amores incomparables, aunque no los únicos como suele aclarar. Jemia, su esposa desde 1975, de origen marroquí, con la que tiene dos hijos.

Su filosofía pareció por terminar de convencer a la exigente crítica francesa de la honestidad y sentido humano de Le Clézio en un encuentro con periodistas.

“Leer novelas es una buena forma de interrogar al mundo actual sin que el resultado sean respuestas demasiado esquemáticas. El novelista no es un filósofo, no es un técnico de la lengua, es alguien que hace preguntas y si hay un mensaje que quiero enviar es que hay que hacerse preguntas”.
“(…) estoy escribiendo un libro y no me voy a parar por esto. Creo que ahora todo va a ser más sencillo. La Academia me ha regalado tiempo”.

De sus capítulos entrañables, México ocupa un lugar privilegiado. La elocuencia se palpa en Diego y Frida, Las profecías de Chilam Balam, El sueño mexicano o La conquista divina de Michoacán.
Comprometido con su tiempo, aunque preferiblemente distanciado de los “flashes”, Le Clézio se revela en el 2003 con un texto publicado en España.

Muestra los manejos británicos y luego estadounidenses para convertir a la isla Diego García en base militar y desaparecer al archipiélago de los Chagos. No es una excepción dentro de su obra, pero sí el retozo aderezado con las letras.

-Habría podido ser el paraíso. Perdido en el océano Indico, a más de dos mil kilómetros de Islas Mauricio y de las islas Seychelles, un rosario de islas de coral sembrado sobre bancos de arena blanca, encerrando lagunas color turquesa, cada isla con una cabellera de cocoteros inclinados por la dulzura de los alisios, lejos de cualquier ciclón. Para los habitantes de estas islas, fue, en efecto, durante generaciones, no el paraíso, sino su tierra, suspendida entre el cielo y el mar, donde la vida no era nada idílica (…)

-Esto habría podido durar eternamente, y Chagos habría podido deslizarse suavemente en el nuevo milenio con la gracia despreocupada de las sociedades criollas, e incluso recoger un poco más de ese maná providencial (…].

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