
París.- Había decenas, quizás cientos de palomas, más cerca que de costumbre de las orillas del Sena, atraídas por los turistas repartidores de migajas. También llegaron gaviotas y golondrinas, mientras los acordeonistas seguían afanados en la idea de rescatar el París de la primera mitad del siglo XX.
El agotamiento de una de mis largas caminatas parisinas me hizo, curiosamente, tomar la pausa en el umbral de la Catedral de Notre de Dame. La vista terminaba de recrearse en el caudaloso río cuando de pronto, melodías diametralmente opuestas se cruzaban en el aire.

De un lado, cerca del edificio menos amistoso de la capital francesa –un eufemismo para calificar a la siempre tenebrosa Prefecture de Police-, una joven soprano, de hermosa voz y cabello rojizo, deleitaba a los transeúntes sin pedir nada a cambio.
A pocos metros, en pleno desafío de los lienzos góticos de Notre Dame y toda la mística de Víctor Hugo, con Quasimodo y Esmeralda, un grupo de música pop en el puente sobre el Sena, donde jóvenes skaters y con patines lineales hacían piruetas espectaculares.

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