
París.- Parecía una Cumbre de Gobernantes o de Naciones Unidas, pero por suerte nada más lejos. El propio Salón Opera del elegante Intercontinental París Le Grand ofrecía las claves: Cannes, el glamour del cine de la Riviera Francesa de visita en la Ciudad Luz.
Para no ir a los detalles, las propias fotos hablan por sí solas del enjambre de cámaras y la respetable legión de periodistas presentes, ávidos de escuchar a Gilles Jacob, el presidente del Festival de Cannes, y a Thierry Frémaux, el delegado general. Todo para saber las películas seleccionadas en 2011.
Dos filósofos del séptimo arte, perdidamente enamorados de este engaño maravilloso que es el cinematógrafo inventado por los hermanos Auguste Marie y Louis Lumiére y patentado el 13 de febrero de 1894.
Empero Jacob y Frémaux sobreviven a las amenazas que rodean al cine y tratan de conservar el vuelo de los sueños nacidos en Lyon con los Lumiére. Al menos en intenciones, sin dejar de preocuparse por las nuevas tecnologías que como el i-Pad alejan a los espectadores de la gran pantalla.

O de los lamentos por la asfixia del cine de autor en el poderoso Hollywood y las proyecciones en el naciente decenio para que subsista la búsqueda y la exploración, los experimentos sorprendentes y los valores estéticos.
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