
Una buena copa de vino, francés, español, italiano, chileno o argentino, despierta el placer insustituible en el acompañamiento de una agradable cena. Pero hay otras apuestas fuertes por el champagne, el cognac y el whisky.
Algunos adoran los embates quemantes del tequila, el efecto nocaut del vodka o los aires bullangueros del ron. Tengo amigos que serían capaces de asimilar un cóctel con todas estas bebidas, de forma separada.
A priori, la cerveza inscribe su nombre en el pináculo de la popularidad de las bebidas ligeras, seguida por el vino. Sin embargo, entre los pesos pesados, los caminos apuntan hacia Escocia e Irlanda.
La primera referencia escrita del whisky se remonta a 1495, bajo el reinado de Jacobo IV, aunque los orígenes del destilado nos conducen a 3,000 años antes de Cristo y, sorpresa, coloca a los egipcios como precursores de la elaboración de este y otros deleites asociados al alcohol.
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