
Para un buen observador, los aeropuertos internacionales trascienden más allá del estrecho calificativo de terminal aérea. Algunos llevan consigo la virtud de reunir en instantes a diversas culturas, etnias y tendencias del mundo, aunque también son reflejo del comportamiento humano.
Al viajero le edulcoran la idea de aeropuertos confortables, servicios personalizados y aviones a todo lujo de extraordinaria seguridad. Linda estafa, porque al final del cuento la espera no tiene precio y de un accidente aéreo no se salva nadie.
Sacrosantas las excepciones. Aquellas que rezuman la alegría con los sobrevivientes de las catástrofes del espacio y, las otras, que descargan impotencia y frustraciones con la invasión de cenizas volcánicas o poderosas tormentas de nieve.
Recuerdo todavía mi primera incursión en el Lejano Oriente. Después de repasar Shogún, Taipán y Pasaje a la India, la predisposición se inclinaba con sentido común al abordaje tranquilo de una cultura milenaria, enigmática y encantadora.
Empero el mundo de aeropuertos y aviones es particularmente sui-géneris. Amalgamas insondables asomaban para mí desafíos y alborotos.
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