
Tres años vividos en Asia se pierden en las comparaciones cuando se llega a Japón. Tan distinto, sui-géneris, enigmático y atractivo. El primer despertar, en Fukuoka, una de las ciudades en ascenso de la Tierra del Sol Naciente.
Con poco más de millón y medio de habitantes, cuna de la civilización japonesa y más cerca de Seúl, Corea del Sur, que del mismo Tokio, la urbe de la isla de Kyushu se precia por su espíritu de Dontaku (fiesta) durante todo el año.

Festivales coloridos, la carrera Oiyama de 5 kilómetros, templos ancestrales de perfecta armonía entre lo sagrado y ceremonioso, casas adornadas con árboles y plantas de exquisita jardinería y gente muy respetuosa y amable por doquier.
La Oiyama es de los grandes jolgorios de Fukuoka, con siete compañías de 26 personas cada una vestidos a la usanza antigua, que transportan a lo largo de la ciudad dioses y motivos laicos sobre sus hombros.
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