
De gira en el País Vasco, valga aclarar sin ánimo de polémica que en territorio español, la suerte de visitar pequeños poblados se hizo deliciosa en el sentido literal de la expresión. Descubrir el arte de “chiquitear” resultó un regalo supremamente agradable.
El guía de mis primeras andaduras por el País Vasco fue un anfitrión perfecto. Jesús era conocido por su vozarrón cercano a las malas pulgas, el incesante hábito de fumar y sobre todo, muy en especial, su sentido de la amistad y nobleza de carácter.
En realidad se vanagloriaba bastante cuando lo llamábamos Jesús El Vasco y se apasionaba al hablar de su nacionalismo acérrimo. Sin embargo, al explicarme la historia del “chiquiteo” en su natal Eibar, afloraba la ternura del niño que cuenta la belleza de las tradiciones.
Fue en una noche invernal de diciembre el “entrenamiento” sui-géneris del “chiquiteo”. De taberna en taberna, una copa de vino –o dos-, tal vez alguna tapa (aceitunas, sardinas, jamón serrano, tortilla española, mejillones, gambas, frutos secos…) y a seguir la fiesta en otro bar.
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