
Un pase por París nunca viene mal, mucho más si la idea es subirse al gigante de los cielos, el Airbus A380, rumbo a Japón, la inefable Tierra del Sol Naciente. Por mucha imaginación, películas y literatura, el aterrizaje en la antigua Edo, hoy Tokio, siempre estará lleno de sorpresas.
El azar, la buena suerte o una tarjeta de viajero frecuente Flying Blue me permitirá ascender a la categoría de Bussines Class, lo cual se traduce en volar en el primer piso, más cómodo, con champagne y whisky, y el reencuentro con el amigo salmón.
Si fuera poco, una aeromoza rubia y escultural, francesa, con una sonrisa que derrite impaciencias, como para atemperar las 11 horas y 30 minutos de trayecto, en una mole de acero de 24 metros de altura y 73 de largo.

Al final, tantos botones y tecnologías sirven apenas en el letargo del tiempo para recordar a James Clavell y a su inolvidable novela Shogún, con la figura de Ang-jin-san tratando de entender la cultura oriental y sus cuitas amorosas con la bella Mariko.
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