
Michael Haneke se precia de ser un cineasta sincero, capaz de abordar los temas sin ambages, lejos de caminos trillados ni pasajes edulcorados. Con Amour, su demoledora película sobre la vejez y la dignidad humana, ofrece un desgarrador retrato pleno de ternura.
No voy a extenderme demasiado. Sólo pretendo hacer una invitación a los que gustan del cine inteligente, profundo y nada comercial. Una suerte de mensaje dirigido a las inquietudes e interrogantes alrededor de la vida y el indefectible camino hacia la muerte.

Austriaco de origen alemán, Haneke tiene encantada a Europa desde el inicio de su carrera, pero ahora fue un poco más allá y por fin logró el reconocimiento de Hollywood con Amour. Se trata en verdad de una cinta insoslayable.
Lejos de fórmulas convencionales ni de rincones plañideros, se aplica bien al encasillamiento de “artista perturbador”. Diría más. Desafiante, profundo y estremecedor en sus propuestas y, sin embargo, con el fino detalle de incomodar sin petulancias.
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