Una joven amiga me preguntaba en fecha reciente si disfruto del frío, en virtud de haber leído varias menciones al invierno en recientes crónicas.
Mi respuesta fue ambigua: prefiero las temperaturas bajas, la nieve, pero nada como la delicadeza de la primavera y el asomo del verano… !en vacaciones!.
En París todo es posible en el ámbito de los placeres de la cultura. Se pensaría en una suerte de esnobismo al contemplar a cientos de personas aglomeradas en el umbral de una de las salas monumentales del Grand Palais.
La escena tenía lugar hacia fines de enero de 2011, cuando retornaban las heladas y en la zona cercana a Los Campos Elíseos dominaba una brisa cortante. Pero ahí estaban los adictos a la pintura, los amantes de Claude Monet.
Había comenzado en octubre y para dar un toque adicional de seducción, el Grand Palais abrió sus puertas 24×24 horas para permitir al público disfrutar de la muestra.

Fue un jolgorio increíble. Personas con tazas de café, té o chocolate para soportar el frío, teléfonos celulares sonando incesantemente y los encuentros de familiares, amigos y desconocidos. Todos prestos a rendir de cierta forma tributo al maestro del impresionismo.
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