
La obsesión por los olores de Jean-Baptiste Grenouille convirtió al protagonista de la novela El Perfume en un personaje antológico y a partir de sus sensaciones, el escritor alemán Patrick Suskin pretendió de forma implícita dejarnos un tratado sobre el tema.
Recuerdo todavía cómo la actitud demencial de Grenouille terminó por transmitirse a la vida real. En lo personal me tomó más de un mes quitarme la pesadilla de anhelar distinguir los olores a cada paso, aunque era difícil igualar a la figura ideada por Suskin.
Hay sensaciones nasales que se antojan proclives al gusto, pero no era el caso de Grenouille, -apellido que en francés quiere decir rana- inodoro en si mismo y enloquecido por crear esencias apetecibles para ser devorado.
Aunque son muchas las distancias, se asemejaba un tanto al relato de Marcel Proust a partir de la magdalena con una taza de té, o al revivir otros momentos de su vida a partir del paladar y el olfato.
Más allá de apuestas y reflexiones, la ciencia está convencida cada vez más de las propuestas amorosas a través de uno de los sentidos menos valorado. Son una suerte de perfumes aventureros, que no existen ni siquiera en las reputadas Boutiques de París.
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