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Archivar como 23 septiembre 2009

Baigneuses
Su ausencia sería impensable. La figura de Gabrielle es parte indisoluble en la historia de los Renoir. Modelo favorita después de ser niñera en la familia de Pierre Auguste Renoir, uno de los maestros franceses del impresionismo que vuelve a impactar a París, pero de un modo inusual.

Así, pisando a hurtadillas, se llega a la flamante exposición de las galerías del Grand Palais de la Ciudad Luz, para aproximarse a “Renoir en el siglo XX”, una propuesta en la que resaltan los desnudos de la colección de “Baigneuse”.

Entre cofres de excelencia, descubrir también a Gabrielle Renard permite volver sobre los héroes anónimos. Prima de Aline, la esposa de Auguste Renoir, devota intitutriz de sus tres hijos, pero sobre todo de Jean, y luego modelo espontánea de cada fragmento familiar.

De Gabrielle Renard apenas se habla. No pretendo tampoco robarle ahora el protagonismo al maestro. Sólo mencionar un detalle. Fue ella quien fascinada por la invención del cinematógrafo, llevó a una sala de cine por primera vez al niño Jean Renoir, convertido años más tarde en uno de los imprescindibles en la historia del séptimo arte de Francia.

El viaje en el Grand Palais es fascinante. Se da una aproximación poco común con el entorno familiar del fabuloso clan Renoir. Los puristas aseguran que hay algunos retratos significativos, pero ninguno se inscribe entre las obras más renombradas del extraordinario pintor, que en un momento dado de su carrera decidió abandonar los códigos del impresionismo para experimentar en otras líneas.
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Tahití

Tahití


El 2 de septiembre del año 2000 se convirtió en el día de la inexistencia. De mi inexistencia. Un hecho excepcional. El más curioso e inverosímil pasaje de mi vida.

Entonces escribí una crónica sobre lo acontecido y el nombre de Marco Polo pareció encajar de maravillas. Considerado por muchos como uno de los grandes exploradores del mundo, no estuvo jamás, sin embargo, en Tahití.

Sólo que Marco Polo es de muchos modos un símbolo de los viajeros, aunque el mercader veneciano despierta las dudas de los escépticos que recelan de sus periplos los cuales, aseguran, tienen el estilo de un gran cuentista para la literatura.

A lo que vamos. Mi viaje arrancó en La Habana, Cuba, en la madrugada del 1 de septiembre del 2000. El destino final era Sydney, Australia. La primera escala fue Acapulco, México, cuando empezó la odisea de los husos horarios. Partimos a las cuatro de la madrugada y llegamos a las ocho de la mañana.
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Australia

Australia


Por alguna razón inexplicable, siempre tuve el sueño de visitar Australia. A priori me fascinaba la sensación de lejanía y grandeza de la isla-continente, los canguros, koalas, los exóticos paisajes y los aborígenes asociados a leyendas del boomerang.

Nunca estuve más cerca que cuando viví tres años en el sudeste de Asia y aunque confieso me esmeré en buscar todos los pretextos laborales posibles, Australia seguía muy distante en mi horizonte.

Costaba casi lo mismo venir a París que viajar a Canberra, Melbourne o Sydney en avión, único medio de transporte razonable para llegar a una de las extensiones territoriales menos pobladas del mundo (una superficie de 7,686,850 kilómetros cuadrados para algo más de 20 millones de habitantes).

El Nuevo Milenio, la llegada del siglo XXI me hizo accesible el milagro, inesperado por demás. Trabajaría en la cobertura de los Juegos Olímpicos de Sydney-2000, una oportunidad excepcional que me permitió adentrarme en el océano Pacífico y conocer, de soslayo, a la paradisíaca Tahití.
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